Qué mejor inauguración de este compendio de recuerdos de una época de mitos, que dedicarla a la película mítica infantil de los 80 por excelencia. Que lo disfruten.

Ficha técnica:
Año de Producción: 1985
Director: Richard Donner
Protagonistas:
Mikey Walsh, el enano con brackets tímido y valiente: Sean Austin
Brand Walsh, el hermanísimo: Josh Brolin
Clark Deveraux, “Bocazas”: Corey Feldman
Richard Dwang, “Data”: Jonathan Ke Quan, el chinito de Indiana Jones
Lawrence Cohen, “Gordi”: Jeff Cohen
Andy Carmichael, la guapina: Kerri Green
Stef Steinbrenner, la amiga “murciélago”: Martha Plimpton
Lotney Fratelli, “Sloth”: John Matuszak, sin maquillaje no es mucho más guapo
Si hay un personaje del Séptimo Arte que de verdad merece todo ese caudal degenerado de dinero y celebridad con que suelen ser hipervalorados estos faranduleros progrettis de salón, éste es sin duda Steven Spielberg, el Rey Midas de Hólibuc, que convierte en oro todo lo que toca, con ese especial olfato para la comercialidad, sazonado con un savoir faire y unas dotes de genio capaz de conferir a cada uno de sus trabajos un acabado impecable. Lo hizo con encargos especiales de guiones inabarcables como la correcta Inteligencia Artificial auspiciada por Kubrick, con difíciles temáticas como la trama de Munich, o con meros road movies reconvertidos en clásicos de la talla de El Diablo Sobre Ruedas.
Los Goonies supone, en sí, un dechado de imaginería infantil asombroso, que a cualquier persona criada en los clásicos atractivos de los tradicionales cuentos de aventuras se le podía haber ocurrido: clanes de amigos en edad escolar que corren juntos intrépidas vivencias, personajes estrafalarios, locos inventos y barcos del Pirata Garrapata con fabulosos tesoros enterrados como telón de fondo. Un popurrí de Robert Louis Stevenson, Little Rascals, Enid Blyton o el Profesores Bacterio, no excesivamente original en el género de aventuras noveladas, pero sí a la hora de traspasarlos a una pantalla. Una presentación entrañable, un puñado de simpáticos personajes menores de edad y unos malos tan pérfidos como gratificantemente feos, contra los que la chavalería de las butacas pueda berrear sus sentidos “buuuuuuuhs” de desaprobación y lanzarles palomitas, riendo sádicamente en la satisfacción de contemplar cómo acaban recibiendo aleccionantes mandobles uno tras de otro.
Spielberg creó el guión de esta historia de la nada y actuó como productor, cediéndole la silla de dirección al irregular Richard Donner de Arma Letal o Lady Halcón, pero desde el salami del gordinflón hasta el parche de las calaveras de los piratas, todo huele al perfume embriagador de este jodío judío.

El grandioso barco de Willy, el “Inferno“, se construyó a escala real con todo lujo de detalles y se vendió al mejor postor tras la filmación. No “postó” ni Dios, y acabó en Valdemín-Gómez.
Los Goonies son una pandilla de mocosos en edad escolar así autonominados, integrada por diversos miembros de distintos patrones estudiadamente seleccionados (como en toda película que se precie dirigida a un manipulable público juvenil) que viven en un pequeño pueblecito costero de Oregón, Astoria (patria queridaaa), junto a los denominados “muelles de Goon” (de ahí su apodo), a pie de la playa de Cannon Beach. Así, tenemos al pequeño líder Mikey Walsh, tímido, inteligente y audaz -un Sean Austin que acabaría interpretando a uno de los coleguitas elfos de Frodo en El Señor de los Anillos, una vez superados los granos y el onanismo compulsivo de la adolescencia. Le acompañan Bocazas, el graciosillo del grupo, el omnipresente actor infantil por antonomasia Corey Feldman (Gremlins, Cuenta Conmigo); el chino de diez años Data (¿sería por el término informático, o un hiriente ‘Rata’ cachondeándose de su acentuado “dedeo” de inmigrante?), fanático de los inventos del Todo a Cien, que con un par de palillos y un rollo de cinta aislante ríte tú del McGyver; y como no podía ser menos, el obeso de la pandilla, el Piraña, el metegambas entrañable que se hace de querer en su histrionismo hipertiroidal, de evidente pseudónimo “Gordi“.
A su vez secundados, por meras razones de kangureo e indispensables anexos romanticoides, por el hermano de Mikey, el musculoso Brand (nombre de pila completo, Brandon Walsh, ¿no les trae como 90.210 reminiscencias?), y el par de zorrupias de atrezzo: la una pelirrojilla con carita de ángel, Andy -a la que el cachas se quiere beneficiar-, la otra rubiafea de pelo chicazón, Stef -otro clásico, la gregaria asexual de escaso atractivo como complemento a la maciza, como pasaba con Desi de Verano Azul, que hoy día apostaría media nómina a que acabó acomplejadita y más puta que las gallinas.
El caso es que tanto a los hermanos Walsh como al chinaco, y como en efecto dominó le acabará ocurriendo al resto del barrio, pretenden expropiarlos para reconvertir su urbanización en un lujoso Campo de Golf, con sus caddies y sus hoyos, y su Club Social donde la gente viste bermudas blancas a juego con el jersey sobre los hombros, y bebe sorbitos de té con el meñique estirado.
Como los Goonies son más bastos que los eructos de Luis Aragonés, pasan del golf y son más de petanca, pelota vasca o el escondite inglés, por lo que se resignan a pasar sus últimas horas juntos, llorándose las penas de que sus padres no tengan perras, jugando al tute cabrón en casa del amigo Mikey, mientras degustan tristemente una Mirinda. Pero héte aquí que al inquieto amigo de los brackets le da por revolver en el desván de su viejo, que curra en el museo y lo tiene de mierda hasta arriba, y ¡tachán! como por mágica coincidencia aparece, escondido tras un cuadro, un amago de plano del tesoro presuntamente redactado por el mismísimo pirata Willy el Tuerto, describiendo lugares no muy lejanos a su aldea. Motivados con los pertinentes “waaaaoh” de admiración (se pasan media peli flipándolo en colores boquiabiertos), de ahí a maniatar al aguafiestas del hermano Brand a su barra de ejercicios Abdominator, y salir escopetados en sus Orbeas camino del parné, e involucrando en su aventura al resto del reparto, es todo uno.

Goonies merchandising
Y a partir de aquí, amigos, es cuando el talento de Spielberg se derrama a hectólitros por doquier: grutas subterráneas, pasadizos ocultos, familias italianas de mafiosos liderados por una horrible abuela, una gymkana correctiva de imaginación ilimitada perpetrada por el cabroncete puñetero del pirata Willy… hasta llegar sanos y salvos a las entrañas del barco, escondido en una cueva, repleto de oro, incienso y mirra hasta los topes. Que por cierto, acaba finalmente navegando a la deriva con total impunidad, mar adentro, mientras todos se lamentan entre cálidas sonrisas por no poder hacerse con un mal par de aquellos doblones con la cara de Juan Carlos de Borbón ¡los muy anormales! en vez de pillarse una Zodiac a motor y salir a toda caña tras la carabela, en pos de los dineros.
Claro que, como no podía acabar tan tristemente una película para Todos los Públicos, al final a la chacha transalpina de uno de los chavales, le da por sisarle en los bolsillos, encontrando en su interior varias piedras preciosas que or pura suerte había guardado de souvenir del tesoro del barco, con lo que pueden sufragar las deudas causantes del deshaucio y revertir el intento de expulsión. Justo en el momento, por supuesto, en que el padre de Mikey estaba firmando la transacción. Y es que el Hollywood infantil-ochentero era así de sorprendente, en un segundo se pasaba de los llantos a la carcajada, en cabeza ninguna cabe que, por muy cabrón que fuese el pérfido agente inmobiliario, hubiese tenido la poca delicadeza de llevar encima la orden de deshaucio y tratar de ejecutarla ante la prensa, en el mismo momento álgido en que los chavales regresan a los brazos de sus preocupados padres. Pero ¿qué les voy a contar? los niños son idiotas y no le buscan cinco pies al gato, ellos mientras el bueno acabe comiendo perdices a la sidra, y puedan chillar al unísono “¡¡¡bieeeeeeeeeeeeen!!!” en una salva de aplausos, son felices, los angelitos.

Y eso que, originalmente, la acción de la película se desbordaba aun más si cabe, con la presencia de diversas microaventuras fantásticas, posteriormente eliminadas del montaje final. No en vano, uno de los gazapos más curiosos del film tiene lugar hacia el final, cuando una tropelía de periodistas de Madrid Directo inquieren a unos victoriosos Goonies acerca de los sucesos que acaban de vivir, y Data espeta de improvisto: “lo que más miedo me dio fue lo del pulpo“, para sorpresa del espectador, achacándolo inconscientemente éste a una fantasmada post-traumática del entrañable niño chino. Pero el caso es que una escena protagonizada por “el pulpo” sí se rodó, y en ella un gigantesco octópodo estaba apunto de engullirse a la pobre Stef si no es por la valiente actitud de Data, quien introduce al monstruo una cassette en la boca, tronando a todo trapo los ritmos de un inapelable “Eight Arms To Hold You“. Finalmente, la sabia decisión de algún bendito con criterio eliminó semejante patochada del metraje definitivo, aunque olvidando recortar la mención a la misma a posteriori.
Para la galería de incunables de este mito cinematográfico imborrable de la década, sin duda destacar al desproporcionado parapersonaje Sloth, enorme y entrañable deficiente mental de rostro picassiano, hermanísimo de los Fratelli (los malos), ex-jugador de football de los Raiders al que se supone adopta el Gordi hacia el final del flim (habría que ver la reacción de su madre ante la “genial” idea del Piraña de Oregón). No menos para el recuerdo, los gritos del histriónico gordito cuando, al ser encerrado en un armario junto a un cadáver fresquito, se pasa media peli gritando “¡¡un fiambre, un fiambreeee!!“, sin duda grabado a fuego en las retinas de los tiernos infantes de entonces. Todo ello, en añadidura, ambientado con una banda musical de fondo brutalmente ochentera, destacando entre otros intérpretes a las nenas de The Bangles o la autora del tema central “Goonies R’ Good Enough“, Cyndi Lauper.

Tal como eran, tal como son
En fin, ¿qué más necesitan, para redimirse, aquellos pobres desgraciados sin infancia que hayan cometido la osadía de no haber visto nunca esta película? “Los Goonies” supone el legado de una época en que ir al cine era una fiesta, aprovechábamos los descansos publicitarios de la tele para mear a toda prisa, y jamás caeríamos en las lacras destructivas de pirateo que acabarán minando la magia contenida en las películas. Aprovéchense ahora en que nuestra ingenuidad y nuestro sentido de la ética roza límites deplorables, y sáquenle partido…
Graciñas pola suá atención, e moi boas tardes.