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Video Killed The Radio Star

26 noviembre 2009

Tiene huevos. La canción que mas recuerdos me trae de los 80, el hit celebérrimo por excelencia que todo ser dotado de martillo, yunque y pabellón auricular ha debido de escuchar hasta la saciedad, la melodía que inmediatamente me retrae hacia una época dorada que ahora es sólo un vil murmullo, es en realidad de 1979. 😕 The Buggles, paradigma británico de aquello que entendidos y gafapastosos vienen a denominar como banda “One Hit Wonder“, fue un dueto sinthy-pop que esculpió un auténtico himno generacional al inicio de una era de hombreras y leotardos bicolor, y al poco se deshizo sin llegar jamás a desarrollar una sóla gira promocional. Millones de leureles en concepto de royalties, y donde se forran los artistas, que en verdad es en conciertos, ni una mala peseta. Lo que se llama “un negocio redondo” para la SGAE.
Para más inri, la letra de la canción, con sus míticas estrofas radiadas en una acústica deliberadamente enlatada, que reza versos como

“I heard you on the wireless back in ’52
lying awake intent at tuning in on you.
If I was young it didn’t stop you coming through”

rematados con ese incomprensible y melodioso femenino

“¡Aaawa-awa!”

que cada vez que escucho me pone los pelos como escarpias, nos remite en realidad a una época nostálgica mucho más antigua –los años 50– en la que la difusión de los medios audiovisuales crucificó a muchas de las estrellas de la radio de la época, de una voz y armonía indudables, pero un carisma y un look dejado de la mano de Dios. Lejos de constituir un axioma, cierto es que los cantantes punteros feos, obesos y con pantalones de pana no abundan en las listas de los Grandes Éxitos, desplazados por los crueles artificios del circo del marketing musical, donde priman los sex-symbols, la gomina Giorgi en cantidades industriales, el atrezzo de la pantomima y los glóbulos mamarios a reventar. Que yo soy el primer fan irredento de las tetas grandes, quede clara la premisa, pero coño, hablamos de pop, de techno, de trash, de punk, de copla, de heavy metal, de música rehostia, no de películas porno. Aunque más de un pájaro no pierda la ocasión de sacudirse la sardina con cada videoclip de la Soraya que pasen por el canal de Los 40.
De un tiempo a esta parte, productores y cazatalentos nos inundan de barbies de silicona y follarines saltimbanquis, obviando la primordial importancia de la melodía y el virtuosismo de las cuerdas vocales, pervirtiendo el panorama musical con sub-ídolos juveniles prefabricados para el infrapúblico teen. A los Backstreet Boys, las Spice Girls, Justino Timberlake o al fenómeno O.T. les remito.

Los Buggles en sí, aún con sus pintas de geeks universitarios y con sus gafas de Pepe Gáfez, no eran tan horripilis como pudieran ser, qué sé yo, Rosana o Pedro Guerra, y demás desarrapados rascabandurrias del Averno marginal de los cantautores, pero bien podrían adscribirse al tema de su canción de bandera. Parcialmente inspirada, por cierto, en un curioso relato de J.G. Ballard, dato aportado en pro del lector puntilloso y desequilibrado.
Un refrán muy manido en el mundo hertziano de las ondas sentencia que “si una voz te enamora, no te pases por la emisora“. Más menos, lo que bien apostilla nuestra homenajeada Video Killed The Radio Star, a modo de moraleja: “Put on the blame on VTR” (Video Tape Recorder). Los entrañables Juan Luqui, Abellán o Cristina López Schlichting pueden dar buena fe.

Múltiples veces versionada a lo largo de los años, como todo clásico que se precie (el último fue Robbie Williams), sin duda destaca la interpretación de los Presidents of U.S.A., como parte de ambientación de la peli El Chico Ideal, de la cándida Drew Barrymore y el tontaina del Adam Sandler. Jamás la cantaron los Radiohead, ni puto caso a las fábulas de Wikipedia, a no ser que fuera en la ducha, después del O Sole Mio.

También cabe reconocerle a su vidrioclip, dirigido por “el Inmortal” Russell Mulcahy, el honroso honor de inaugurar en 1981 la programación de la MTV, símbolo del coolismo guaycista por excelencia. Otra anécdota curiosona estriba en los coros femeninos de acompañamiento, una leyenda urbana asegura que se trataba de una veinteañera Madonna, en sus anónimos inicios artísticos previos al corpiño con teteros de pico. Mas si, de esta colección de anexos absurdos y prescindibles, destinados a dar la razón a la recua de críticos con mi supuesta afición a enrollarme -bastardos :(- he de decantarme por uno, elijo sin vacilar el más freak: la campaña publicitaria ochentera de aquella marca de vídeo-grabadores sistema VHS, uno de los plagios más míticos que esta retorcida mente recuerda:

SANYO-SANYO…

está contigooo

Reciban un cordial saludo y muy buenas noches.

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El niño de La Historia Interminable

20 noviembre 2009

* Nota para torpes y neonatos: los fragmentos de texto en color azul corresponden a links externos referentes a los temas tratados en el artículo. Si no se quiere clickear, poniendo el ratón encima se previsualiza en pequeñito la foto o artículo al que redireccionan. Algunos, créanme, merecen la pena…

Se parte uno el ojaldre cuando consulta la todopoderosa Wikipedia, supuesta cuna del saber y la cultura neosecular, y se encuentra con joyas literarias como ésta, referida al ex-niño actor que hoy nos atañe:

Barret Oliver –  actor estadounidense popular por su crítico papel en el filme de 1984 “La Historia Sin Fin”. Es considerado uno de los actores jovenes vetereanos (sic) en lo que va del cine hollywoodense.

y se queda tan ancho el redactor, traductor autómata de la versión yankee o sudaca medio-analfabeto metido a enciclopedista, ante la pasividad de los -en apariencia- implacables y temibles bibliotecarios wiki-cops.
Barret Oliver (como Macauley Culkin o Brad Renfro en los 90, Pablito Calvo, Pili y Mili o Marisol en la España cañí, y sus coetáneos ochenteros Corey Haim o el omnipresente Corey Feldman) fue una de tantas celebridades cinematográficas infantes cuyo rostro se grabó en nuestras retinas pero, tras crecer y madurar en los estragos de la adolescencia, sólo los recuperamos hoy día para mofarnos del resultado estético actual de sus dietas ricas en hormonas. O bien, para rellenar los apartados de sucesos referentes a juguetes rotos, esas ex-estrellas infantiles del pasado metidos a alcohólicos antónimos, suicidas automovilísticos y bricomaníacos de la sobredosis. Lo sufrimos, tristemente, con el recuerdo de los entrañables River Phoenix, nuestro patrio pívot Joselítez, el niño de Su Juguete Preferido (transmutado al cine blandiporno, como el sonado caso de la hija de los Winslow en Cosas de Casa, algo más hard en sus performances), o incluso la cándida Drew Barrymore con su coletitas en E.T., recuperada hoy para la causa.
Sin embargo, como no son todo cenagales en los inescrutables caminos del Señor, conviene aparcar en batería el todoterreno de los tópicos malignos, y aclarar que la celebridad durante la minoría de edad no supone, de por sí, un pasaporte hacia el Infierno. No por recabar menor repercusión sensacionalista, han dejado de ser inmensa mayoría los ejemplos de los ‘niños mediáticos’ del ayer que, en la actualidad, sobrellevan una vida saludable, aun con vello púbico en sus entrepiernas y calvas incipientes en sus sienes. Y ahí tienen el gratificante perímetro mamario adulto de Sara la de Compañeros (y niña-anuncio de muñecas por antonomasia de las navidades ochenteras), el brillante CV de Elijah Wood aun a pesar de sus ojos de batracio, o la reputación del gran Leo di Caprio, del que pocos ya recuerdan sus apariciones en Los Problemas Crecen, junto al predicador ex-guaperas de Kirk Cameron.

Existen, incluso, -algunos no me creerán si se lo digo- casos aislados de niños mediáticos del pasado que, superado todo síndrome de Peter Pank, no se aferraron al faranduleo como único destino de sus vidas, cayendo en que lo suyo fueron refulgentes papelitos que estarán muy bien para fardar ante sus nietos, pero que hay otros futuros posibles más dignos acordes con sus posibilidades. Dejando de lado patetismos patentes como las ‘versiones F5’ de Arnold o Webster, ahí tienen a Paul de Aquellos Maravillosos Años, brillante abogado con licenciatura de Yale, o nuestro añorado Piraña, Doctor Ingeniero en Telecomunicación, cum laude en su tésis incluída. O nuestro Bastian Baltasar Bux que llegado a este punto retomo, alias Barret Oliver, ese adorable mocoso que se pasaba la mañana de pellas bajo una manta de felpa en el cuarto de objetos perdidos del cole, leyendo un tochazo infumable de un tal Michael Ende. La maravillosa La Historia Interminable, una de mis pinículas favoritas per sempre, merced a esa inolvidable banda sonora a prueba de nostálgicos empedernidos, al protagonismo de otros niños-actores de los que jamás nada se supo (Atreyu aún guarda cierto parecido a pesar de su aspecto hombre-lija, la preciosa Emperatriz Infantil iraní ciñó su carrera profesional al baile), o sus irrepetibles escenas con monstruos come-piedras, caracoles de carreras (el jinete, por cierto, es el enano fetiche del amigo Tim Burton) y dragones volando sobre las calles de Brooklyn: FUYUR, el mastín planeador que siempre soñé cabalgar antes de arribar mi adolescencia, y redirigir mis oníricas poluciones hacia Pamela Anderson. 😳

El gran Barret Oliver, al contrario que otros colegas preadultos repelentes y hostiables como el niño medio retrasado de E.T. (uno de los peores doblajes que recuerdo), Bego de Compañeros o todo el elenco protagonista de la infumable “Pandilla de Pillos” de 1994, poseía un extraño don, poco común entre estos engendros prodigios que uno desearía estrangular entre sus psicóticas manos: encanto. Ni cursi ni repipiolo, ni el clásico resabiado de la EGB al estilo de los repugnantes listillos de Sabe usted más que un niño de primaria; el chaval de La Historia Interminable, Cocoon o el infante-robot de D.A.R.Y.L. de 1985, Barret Oliver, era un niño sin más, sin pretensiones, un enano de metro treinta ojito derecho de las abuelas, entrañable para el público en general. Correcto y formal, gracias las justas, el clásico primito al que sientas en ‘la mesa de los pequeños’ en los bautizos y no monta tangana, al contrario del resto de mostrencos menores que lloran, berrean y regurgitan y hacen batallas de pan, el hijo que todos desearían para sí.

…y tal como vino, desapareció. Sin rencores, espectáculos lacrimógenos ni aspavientos. Un día cualquiera, tras haber conocido las mieles del triunfo a una edad tan temprana, estirada su carrera desde sus escarceos en la serie de El Coche Fantástico, hasta trabajar con Tim Burton, tontear con la Cienciología y rodar la segunda parte de Cocoon, decidió apagar las luces del camerino y dedicarse a otra cosa, sin dar ningún tipo de explicaciones. Dijo en Hollywood que se bajaba un momento a por un paquete de Winston, y ya no volvió. Durante casi dos décadas nada se supo de él, no concedió entrevistas, no apareció en reallities ni en nauseabundos revivals presentados por Consuelo Berlanga, y lo cierto es que, la característica frialdad del consumidor de cine palomitero, no tardó en desplazarle al olvido y encontrar sustituto en el Pinocho explotado de turno para bailar jotas sobre el tablao.

…hasta que sus acérrimos fans de la época se convirtieron en treintañeros, esta macromaraña de información patológica que es Internet fueron sus benditas Páginas Amarillas, y algún freak Mr. Holmes aburrido sin Watson al que sodomizar, dio con la clave correcta en el Google y acabó atando cabos hasta dar con su paradero actual, allá por 2007. Pues resultó que el amigo Barrete vivía tan pancho y feliz como fotógrafo profesional en Los Ángeles, con un reconocido pero anónimo prestigio por su saber en las artes técnicas del Siglo XIX, profesor universitario, con diversas exposiciones en su curriculum. Mas no terminó aquí la sorpresa, nimia y meramente anecdótica si no fuera por la guinda morbosa del pastel dulce de la curiosidad del buen nerd: su foto actual.
Quisiera ser el primero en pasarme por el forramen el expreso deseo del susodicho de no exhibirle cual mono de feria y respetar su derecho a la intimidad (hace unos meses, cuando conseguí sus fotografías, me infiltré como el geeky de pro en cierto grupo msn de fans yankees donde resguardaban el documento gráfico como oro en paño), ingenuo de mi, mas obvia decir que Internet es, a estas alturas, un nido de alimañas donde conviven carroñeros aún más despreciables que yo. Pero en fin, si se quieren evitar el tecleado en cualquier buscador sencillote, yo les ahorro el trabajo. Ahí va:

😯 A mi no me pidan explicaciones, que no pienso devolverles los cuartos. Efectivamente, esa especie de judío ortodoxo rodeado de puretas de cata mayor, no es otro que aquel mismo guajillo que gritaba a la oscura tormenta aquel mítico e inolvidable “¡¡Hijo de la Luuunaaaa!!“, con las ventanas abiertas de par en par. Ciertamente, todo intento absurdo de asociar esas barbas de Níquel Nanas, esas rastas piojosas, ese look perroflautista degenerado con los acordes nostálgicos de Neverending story, es totalmente en vano. Y sin embargo, ahí tienen ustedes a un tipo feliz. Ya es algo de lo que muchos no pueden presumir.

Reciban un cordial saludo, y tengan muy buenas noches.

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El TCR

3 noviembre 2009

TCR en su envoltorio genuino

Así como, en la Era Contemporánea, el espectro mercantil varía entre los monopolios titánicos (Microsoft) o los oligopolios exclusivistas, la de los años 80 fue sin duda la década álgida de las cruentas Guerras de los Duopolios. El público debía optar radicalmente entre Beta o VHS, Galerías o El Corte Inglés, Sabrina o Samantha Fox, Cola-Cao o Nesquick. Sin ambages, sin términos medios.
Algo parecido sucedió con el siempre atractivo, para mayores y pequeños, mundillo de los cochecitos eléctricos (slotcars), aún en boga para neófitos o nostálgicos empedernidos, a pesar del descenso de rentabilidad con respecto al enorme boom que supuso en su estreno.
Aunque obvio es que, con el paso de los años, el claro ganador de esta batalla entre partidarios del Scalextric Vs los del TCR, acabaron siendo los primeros por meros resultados comerciales, durante los años 80 el debate estuvo ciertamente igualado.

Las diferencias entre el Scalextric de Exin y el Total Control Racing de Model-Iber eran más que evidentes, siendo las carencias de uno suplementadas por sus virtudes con respecto del del otro, con la mano en el corazón y absoluta imparcialidad, en definitiva lo cierto es que las comparaciones estaban muy igualadas.

—El Scalextric disponía de coches más grandes, una historia más longeva iniciada en Gran Bretaña hacia principios de los 50 (comercializado en España por EXIN -los de los Castillos- y luego por Ibertren), y una iniciativa mucho mayor, más imaginativa y creativa que la de sus oponentes, siendo la primera marca de slotcars en presentar al mercado verdaderas réplicas de los grandes bólidos de los pilotos célebres de entonces de Rallies, de Fórmula 1, etc. Su movilidad se basaba en seguir invariablemente la trayectoria de un raíl hueco ribeteado en una pista sin rebordes, con lo que debía reducirse la velocidad en las curvas o el coche se salía de la carretera, siendo imposibles los cambios de carril voluntarios para adelantar al oponente, tan sólo en los puntos intermedios donde los dos carriles existentes se entrecruzaban para igualar las condiciones de recorrido de ambos bólidos en liza.
Scalextric de EXIN

—El Total Control Racing, fabricado originalmente por la casa yankee Ideal Toys en los años 70, presentaba cochecitos más canijos, del estilo Hot Wheels, con dos pequeñas lengüetas metálicas en su dorso que, al contacto con tres líneas metálicas continuas a lo largo de cada raíl, hacía girar el motor de su eje. Aunque sus coches representaban marcas reales (Porsche, BMW), lo cierto es que eran modelos anónimos, sin relación con las celebridades del motor de aquellos años. Sin embargo, este sistema motriz se basaba en un motor especial de doble eje con doble corona conectado a un mando por cables capaz de invertir la polaridad del circuito por medio de una clavija, consiguiendo con ello que el coche, voilà, cambiase de raíl cuando quisiéramos, pudiendo efectuar adelantamientos realistas y haciendo mucho más entretenido el juego.
Esta novedad espoleada jugó muy a su favor ganándose grandes adeptos, como aquí el que suscribe, hasta las napias de tener que levantarse del suelo de moqueta a recolocar el bólido del Scalextric en el circuito cada vez que éste se salía de pista por la jodida fuerza de la inercia, cosa del todo imposible con el TCR, de calzadas poderosamente protegidas con altos rebordes en su margen externo, a prueba de centrífugas sobrenaturales. Los accesorios sin límite, además, convertían el simple juego inicial –caro de cojones- en progresivamente ampliable, aprovechando cada caída de diente de leche para pedirle al Ratoncito Pérez nuevos tramos, obstáculos, puentes chicane, bólidos con luces, cuentavueltas, semáforos o vallas decorativas con pegatinas de DUNLOP o Shell, con los que convertir tu cuarto de estar en un auténtico circuito monegasco lilliputiense como para provocarle erecciones al mismísimo Belni Ecclestone.

Circuito, mandos, coches y flamante puente chicane del TCR

Ahora bien, esta ultraseguridad en pista de los coches TCR (que en las curvas fueses por el carril que fueses, siempre se te iba el bólibo al exterior) convertía el juego en monótono, cabiendo perfectamente la posibilidad de atar con celo el acelerador del mando e irte a merendar tu bocata de Nocilla mientras en el salón tu mítico BMW azul nº32 hacía vueltas rápidas como churros verbeneros.
Esta falta de emoción se suplió con el gran invento del genial “coche obstáculo”, un utilitario que marchaba solo por la pista en zig-zag, cambiando automáticamente de carril, para joder a los dos rivales en competición, lo que dificultaba verdaderamente las carreras e incluso ofrecía la atractiva posibilidad de jugar uno solo.

Lo peor de las tardes-TCR (“¡¡qué PASADA!!” rezaba el slogan flipado-ochentero de la época), del Scalextric o de cualquiera que fuese la escudería oficial de nuestro juego de los cochecitos eléctricos de los güevos, era el correoso proceso montaje-desmontaje del complejo infraestructural del Gran Premio, si ya se tardaba más de media horaca de reloj en machihembrar los tramos de pista del circuito sobre el parqué del salón, ya no te digo si te entretenías en adornarlo con toda la parafernalia adicional de vallas de sponsors, casetas de boxes y la hostia en vinagreta; al final, cuando llegaba el papá de tu colegui de clase al que invitaste a merendar a recoger al chaval, unas pataletas de rabia, porque de tiempo real de juego, apenas diez minutos escasos, oigaustéc. 😥 Sin olvidar citar el nada nimio detalle, para mi de hecho traumático a nivel personal, de la grima horrorosa que me producía guardar todo el juego en su caja oficial, no tanto por lo tedioso de la tarea como por la dentera que me producía el roce fugaz del metal de los raíles con el poliuretano cajeado del interior. Diablos, aún exudo gotas de sudor frío al recordarlo. 😕 Peor que morder por error el envoltorio de papel albal del sandwich del recreo.

Saludetes y buenas tardes.

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El tipo de la Tónica

13 septiembre 2009

Bernard Lecoq, el gafitas de la Tónica

A estas alturas de la vida en las que múltiples canas invasoras comienzan a platear mi aspecto (con enormemente erótico resultado), aún me duelen prendas y avergüenza reconocer mi reciente adicción a la bebida refrescante con quinina, la Tónica de Schweppes. Si bien el pedir tónica en los bares, como fumar mentolado o comprar el ABC, es característico de viejos y puretas, debo reconocer que, desde el momento en que me cautivó el sabor amargo de esta bebida, en mi nevera nunca faltan las reservas de estas latas amarillas. Precisamente el quid de la cuestión en la afición a este refresco, estriba en convencer al consumista de que aparque sus miedos a un lado, desestime la chocante amargura de inicio de la tónica, y beba un par de tragos más hasta acostumbrarse a su sabor suave y refrescante. Les aseguro que engancha.

Y ésta fue, precisamente, la misión que le fue impuesta al hoy reputado publicista Agustín Medina para idear la campaña encaminada a introducir en nuestro país el brebaje bicentenario de Jacob Schweppe.
Con el lema pionero “Aprenda a amar la Tónica“, poco podía imaginar el actorcillo francés escogido para darle rostro, que se pasaría doce largos años seduciendo a incautas chavalinas, a golpe de pajita, a lo largo de 50 spots.


Bernard Lecoq, que así se llamaba en realidad el anónimo personaje, guapito de cara y con gafas de Clark Kent de marca Benetton, pasó con su triunfo comercial a engrosar el imaginario colectivo nacional, junto a otros monstruos mediáticos desconocidos procedentes de la publicidad, como el Mayordomo del algodón o el entrevistador del jodido helicóptero de Tulipán. Pocos recuerdan ya el fallido intento de explotar su popularidad con la película “Un pasota con corbata” (otro horroroso subproducto del patético cine cañí de los 80), ni su extenso currículo previo y posterior -Premio César incluido- al rol de miope treintañero de frente despejada, con su sempiterno botellín y sus diálogos pseudopicantillos que tanto hacen rezumar al impresionable público femenino. Bernard Lecoq, el perfecto pijocanalla coleccionista de bragas y de gases estomacales, fue y será siempre en España “el Hombre de la Tónica“, aquél que el día que muera será noticia del apartado Curiosidades pasados veinte minutos del Telediario, cuando todos los espectadores talluditos dirán aquello de “¡coño! ¡el de la Sweps!” o “¿y dónde cojones se había metido este tío?”. Pues entre otras muchas -a destacar por su extravagancia- interpretando una pérfida versión de un maquiavélico Felipe González en GAL en 2006, el film patrocinado por el periódico El Mundo, ante la falta de redaños de los filoprogres actores hispánicos a osar dejar mal al PSOE.

House no lo hace mal, Carlinhos Brown resulta irritante, Adrien Brody sencillamente es infame, pero Hombre de la Tónica sólo habrá uno. No traten de remedarlo cuando pidan su próximo Gin Tonic.

Da fe el doble de culo de Noriega.

Saludetes e moi boas noites.

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Blendi

24 agosto 2009

Suele pasar, cuando rememoras algunos -para ti- incunables de tu infancia, que determinados detalles que creías tú generalizados y comunes para la inmensa mayoría de tus coetáneos, son en realidad fragmentos de recuerdos de ámbito particular, local, circunscritos al pequeño círculo de tus íntimos y familiares. Sucede así con el -para mi- mítico dentífrico Blendi, pasta infantil de higiene bucal, olvidado o descoñescido por muchos a los que he consultado, que yo descubrí por primera vez junto a los cepillos en el vaso de enjuagar de mi primo Santi, pervirtiendo la monótona sobriedad del único y trino Licor del Polo habitual que hube conocido hasta entonces.

Biba's in da house

Biba's in da house


Con un envoltorio de cartón de diseño erótico-festivo, salpicado de viñetas de comic protagonizadas por un horroroso castor aún más deficientemente ilustrado que el polimorfo Cobi, el mayor atractivo de Blendi residía fundamentalment en su maravilloso sabor a fresa achiclada, idéntico a si te lavases los piñones con pasta de Palotes derretidos. Recuerdo, salivando por los poros cual perro de aguas de Pavlov, cada fin de semana primaveral que pasábamos en comanda con mis tíos, allá por la Sierra de Guadarrama, en los que los domingos, tras el último turno de baño, lucía el tubo de Blendi literalmente ordeñado, estrujado a conciencia, adherido el contenido a mis paredes estomacales y a las de mi hermano, que devorábamos a pachas. Revisando a día de hoy ciertos conceptos medicinales, no me cabe duda que, aquel empalagoso pastizal de dientes color rosa, no sólo no debía de ser sano sino que, a buen seguro, debía provocarte unas caries como los túneles de la M-30. Algo así como la marca de dentífrico que te recetaría el sádico y maléfico único dentista entre diez que no te recomienda masticar chicle sin azúcar. Hasta una vez lo untamos sobre pan a falta de Nocilla, tan delicioso llegaba a parecernos su sabor.

Las cutrehistorietas publicitarias del superhéroe Biba Blendi, que así se llamaba el castor con gorra rapper e impolutos incisivos que, en su versión actualizada, sigue ejerciendo de logotipo junto a las letras arco-iris, eran lo más pobre, rancio y rupestre que diseñador alguno pudo dibujar, sólo a la altura, si acaso -por su colorido esquizofrénico y su sin par simpleza argumentativa- de la legendaria Gorda de las Galaxias. Tan y tan Q-3, insisto, que convencido estaba de que la Blendi debía ser por fuerza española, auspiciada por Alcampo, PRYCA, Continente o alguna de estas superficies gabachas que confian al fabricante nacional las producciones de más infame coste, pero NO. Cágate lorito que resulta que la pasta de dientes Blendi de BLENDAX era y es alemana, del valle del Rhin, y aún subsiste en pleno albor del segundo decenio secular bajo el protectorado de la descomunal Procter&Gamble, modernizado el jodido mamífero roedor con un toque gangsta, luciendo tóO sHul0 la gorrilla al revés. Que toda esta sarta de nimiedades comerciales, no les quepa duda, las he extraído de Sir Google, a quien jamás agradeceré en suficiencia los orgasmos para con el frikismo pervertido que caracteriza a éste, su infiel articulista, que rescata entre caudalosas eyaculaciones, del Flickr de algún degenerado alma gemela y para todos ustedes, uno de los psicodélicos anuncios citados, que bien merecen el post.

Blendi, the TBO

Reciban un muy cordial saludo y tengan todos buenas noches.

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Ricky Lacoste y La Fiebre Amarilla

8 julio 2009

Ricky Lacoste con su guitarra de pegatinas de Snoopy, guitarra real del propio David Summers
“Ella se fue con un niño pijo… en un Ford Fiesta blanco,
con un jersey amarillo”

Así versaba el himno de toda una generación de pre-, post- y proto-adolescentes de una época, nostálgica para unos y vergonzante para otros, en la que los celebérrimos Hombres G se erigieron como reyes absolutos del panorama pop patrio. Muchos fuimos los que recapacitábamos, confusos, cómo podría ser un ‘niño pijo’ según los baremos de un elemento como David Summers, representante mayor del hijismo paparil y objeto de deseo de cientos de millares de esas “chicas cocodrilo” de antaño con el caimán tatuado en el polo. “Sufre Mamón”, película homónima con respecto al mítico hit, de las dos que Papá Summers hizo para promoción y gloria del grupo de su vástago, vino a resolver esta duda ancestral. Y ese ‘niño pijo‘ cabrón pichabrava, que supuestamente inspiró la sentida melancolía de David usurpándole la chati (Marta Madruga, en la película y en la vida real), se transfiguró en el legendario personaje ficticio de Ricky Lacoste, líder del grupo rival de sus primitivos Residuoss, “La Fiebre Amarilla”.

Sufre Mamón, como la propia musicalidad de los Hombres G, es un producto mediático injustamente infravalorado y vilipendiado hoy en día. Fiel reflejo de una era sencilla y desenfadada, no fue sino un artificio teñido de la intrascendencia hedonista autocomplaciente tan arquetípica de los Años 80. Si bien no compete debate alguno ahora sobre la calidad sinfónica de los Beatles cañís (cuyos álbumes yo, como el 90% de mis coetáneos, he coleccionado compulsivamente en formato casette, ocultos tras un doble fondo de mi estantería), su primera película es simple y llanamente una jodida maravilla.
Menciones obvias aparte de que David y Javier (el batera) no fueran precisamente Pacino y De Niro, ni que el argumento haga sombra a las tramas de Hitchcock, Sufre Mamón se puede observar, con ojos actuales, como uno de los más cutres, mofantes y estrambóticos ejercicios históricos, verdaderamente representativos de la sociedad española de una época mítica. Posters de Samantha Fox, chapitas de The Clash, jerseys de Privata del tamaño de un saco, y de entre la pléyade de nostálgicos símbolos ochenteros, destacando con fulgor propio, el pulligan amarillo, el Forfi albino de la estrofa inicial, y la guitarra española con pegatas de serie de Snoopy o Pachá del único y genuino Ricky Lacoste, nuestro héroe del día.

<em>¡...que tenéis menos fuerza que el pedo de un marica...!</em>

¡...que tenéis menos fuerza que el pedo de un marica...!

Al contrario que muchos de los detalles de la peli presuntamente biográficos, el personaje del supervillano enemigo de un heroíno David se incluyó con calzador en la trama, con el fin de animar el guión, y justificar, ya de paso, la lírica surrealista del tema que daba título al “flim”. El problema a mayores pasó a ser que esta Némesis secundaria, al alimón primo-hermano de Summers (el no-actor sevillano Gerardo Ortega, cuyo vozarrón era un ostensible doblaje), casi se merienda a la estrella del show.
No fue para menos: un entrañable macarra con tupé de gomina, clavado a ese sempiterno actor de celebérrimo rostro y menos manido renombre que es Guillermín Montesinos (el vendedor de cupones de Los Ladrones van a la Oficina, entre otros), capaz de diccionar incunables del calibre de “chaval, te estás pasando conmigo y estás jugando con la muerte”, merece un apartado propio en el Hall of Fame de la Mitología Pop. Ricky Lacoste, a pesar de sus chaquetas anacrónicas y sus camisas con corbata camaleónica, no era un pijalles al uso blandiblú, con el cuello del niki levantado y debilidad por los “osea” o “telojú”. Era, en sus propias palabras, “el más chulo del colegio”, el “semental de este ganado”, el pseudorrocker de tejanos remangados y calcetos color blanco por el que bebían los vientos -y a buen seguro los esmegmas- las buenorras preuniversitarias del Santa Cristina, recinto lectivo de leyenda madrileña donde, en la vida real, venían a parar los despojos escolares rebotados de otros centros. Como líder del grupo imaginario infausto-pop Fiebre Amarilla (no confundir con los pseudónimos artísticos plagiados de los componentes del dúo gafapasta The Raros), sus canciones egocéntricas, megalómanas e infumables resultaban toda una declaración de principios chulopiscinistas:
…sé que no puedes más, que te han dicho tus amigas
que estoy bueno de verdad,
pero hay una larga cola que tienes que esperar.
No te creas que eres distinta ni muchísimo más linda,
sólo eres una pedorra más

Exquisitos endecasílabos culteranistas, que se decían compuestos ad hoc por los mismísimos Danza Invisible (en realidad fueron creación de unos tales Javier Escuriza y Tony Palmer), que, junto a su otra delicatessen sinfónica “como mi almohada no hay nada, no hay nada”, tallaron en mármol noble la figura del último galán a la vieja usanza: sexista, despreciativo, el clásico líder de manada con derecho de primae noctis que todos deseamos ser algún día, en lugar del habitual rol de frustrado paño de lágrimas de sus víctimas despechadas calientabraguetas.
Ricky Lacoste 4

La histriónica caracterización de Ricky, en definitiva, resulta tan obvia, tan ‘malvado de cuento de Gloria Fuertes’, que resulta tarea imposible no alinearnos con el presunto antihéroe, en detrimento del bovino David, con su nihilismo impertérrito y su carisma descafeinado. El aura de Ricky es tan grande que, a fin de cuentas, es él quien se queda con la chavala (como un queso, por muy pedorra que sea), engalana su verborrea cheli a cada perla que suelta -“¡que os folle un guardia!”- y, por mucho que sean los Hombres G los que al final triunfen en la trama (por algo es su jodida película), desde el mismo momento en que el personaje es quitado de en medio, merced a un K.O. pugilístico, empezamos a echarle de menos, encontrando brutalmente prescindible el resto de la película.

Para todos aquellos depravados deseosos de saber del paradero actual del tal Gerardo Ortega, que de tan magno modo interpretó este papel, confirmarles que el chaval no volvió a actuar en la vida, que se recluyó en los quehaceres de su finca de señorito andaluz, y que a día de hoy es el orgulloso propietario de la ganadería de lidia que lleva su nombre, de reconocido prestigio taurino. Ignoro si para el hoy maduro señor, serio y respetable empresario del arte ancestral de la tauromaquia, su breve encarnación como Ricky Lacoste es motivo de orgullo, de oculta vergüenza, o se reduce a un simple y leve rumor en sus memorias vitales. Sólo sé que su indigno final en la peli, como víctima predecible de los manidos polvos pica-pica de la cancioncilla de marras, jamás consiguó masacrar su extraordinario carisma genuino.
Gerardo Ortega a día de hoy, un ganadero de éxito hoy

Saludetes e moi boas noites, meus fillos.

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La Game Boy

2 mayo 2009

Entra por los pelos en el concepto cronológico que da sentido a esta página (salió al mercado en el 89); no obstante, recuerden una vez más mi declaración inicial de intenciones, donde claramente reflejaba que éste era mi blog y me pasaba cualquier tipo de correcciones formales de fechados por el forro del interhuevo. Con todo el respeto del mundo, claro está.
La Game Boy (literalmente, “Niño del Juego“) llegó a nuestros hogares españoles a partir de 1990, pero acabo de adquirirla por eBay -haciendo frente en puja a freaks descerebrados que, en pasadas subastas, llegaron a ofrecer el triple de por lo que la conseguirían en reputadas tiendas de coleccionismo- y estoy que no quepo en sí de gonzo, creyendo adecuado homenajear a tan ilustre aparatito en condiciones.

La Game Boy representó el paso intermedio entre las Western Bar, Donkey Kong, y míticos derivados de la factoría GAME & WATCH, y los sofisticados vidiojuegos portátiles de hoy, que tanto sirven para matar marcianos, como para escuchar emepetréses pirateados o conectarte a la internept. De hecho, con la invención de la Game Boy, pereció el anacrónico concepto maquinita, supliéndose por el estrambótico consola ya en desuso, de clara connotación cochino-sexual. El cristal líquido y la monocromía persistieron, sí, pero míticos detalles encantadores, como el de apretar la pantalla con el dedo gordo para comprobar la limitada variedad de posiciones de los muñequitos que las maquinitas permitían (junto a los dígitos en 8888), desaparecieron para siempre.
El 'Octopus' de Game&Watch, y el Western Bar de CASIO

El concepto original de la Game Boy resultó brutalmente novedoso y rompedor para la época. En sí, una “multimaquinita” en aras lúdicas. Recuerdo nítidamente la primavera del 90, en mi ciudad natal de Madrit, como el momento en que tuve de ella la primera noticia, observando uno de esos típicos corrillos de chavales durante los recreos en cuyo interior, por lo general, uno espera encontrarse a un repartidor de cromos gratuitos o a dos niñatos de EGB dándose de hostias. Y sin embargo, la estrella invitada en este show era un chaval de 6º, el clásico niñato pijotonto de Mirasierra, sentado en un banco de piedra, manipulando un extraño artilugio de altísima tecnología entre sus manos. Como suele ser habitual en estos clásicos sociales de la infancia, con la actitud despótica de caprichosa estrella del rock del tipo de la Game Boy, que ignoraba despectivamente nuestros ávidos interrogantes acerca de tan maravilloso utensilio, nos costó lo suyo sonsacarle que se trataba del último invento nippón, que le había traído un pariente de Australia en un pack junto a 13 juegazos y a 7 mil cucas del ala. “H-ala” lo que soltaron nuestros viejos, al comprobar que en España el precio se multiplicaría por tres en sus inicios primarios, para estabilizarse con el paso del tiempo en un precio medio de diez talegazos.

Con el pequeño cachivache paralelepípedo color crema de 8 bits entre las manos, tal podías devorar setas psicotrópicas con el Supermario, como con un leve giro de muñeca cambiar de cartucho y ponerte a pinchar globos con el PANG. Los gráficos y aspectos generales minipixelados en escala de 4 grises de los escenarios, obviamente, resultarían lamentables con deshonra en competición con el hiperrealismo 3D de los tiempos de hoy. No obstante amigos, recordemos que, por aquel entonces, nos encontrábamos aún bajo los baremos del Spectrum y sus rectángulos asimétricos representando a los rivales del Emilio Butragueño Toposoft. Los listísimos jerifaltes de Nintendo dieron pábulo al bicho y, en unos pocos años, la ingente variedad de juegos clásicos y reinventados que salió al mercado, unido con una aceptación progresiva que acabó por ser un boom mundial, supieron explotar al máximo el éxito de su creación. Juguete del año no sé cuántas navidades y objeto de deseo para varias generaciones.
La Game Boy en su caja, visores del TETRIS y del Supermario

En 1998, el número de Game Boys vendidas en el mundo se elevaba hasta los 100 millones, hasta en el lugar más recóndito del Congo había un negro encajando piezas con el Tetris entre rito y ritual zulú. El panorama infantil se trastocó radicalmente, de los niños porculeros que amargaban a sus padres el viaje a Benidorm, vomitando en Guadarrama y preguntando cada tres minutos “¿falta mucho para llegar?“, se pasó al único sonido del bip-bip en los asientos traseros, una chavalería electrónico-autista capaz de enfrascarse absortos durante horas ante una pantallita de apenas 2,6 pulgadas. ¿Pérdida irremediable o bendición? como todo en esta vida, va según estómagos.

Y es que justo en su portabilidad y completa autonomía, en contraposición a las difusas ventajas ofertadas por los productos rivales que, en vano, sacó la competencia, se marcó la diferencia. Yo, de natural caprichoso y rebuscado pedichón, que me pulí en regalos el sudor de cada Paga Extra Navideña de mis viejos durante al menos dos décadas, me vi eclipsado por el brillo subterfúgico de la Game Gear de SEGA en color, que costaba como el doble, y era convertible en tilivisión. Agua de borrajas, oiga. Ni el TV tunner cayó en los Reyes subsiguientes, y la maquinita de portátil tenía lo que Ramón Sampedro antes de soplarse su chupito de antimonio. 6 pilas 6, las que se chupaba el aparato negro de los huevos, que después de un par de horas dándole candela al Sonic Hedgehog, parpadeaba en agonía solicitando un nuevo recambio de alcalinas. La Game Gear era inconcebible sin su pertinente cargador para enchufarlo a la red, un devora-wattios desmedido con el que temblaban las bombillas de la casa, de imposible utilidad en los recreos del colegio o en las excursiones campo a través.
No sean malpensados, entre el corrillo de negritos hay uno jugando a la Game Boy. A su derecha, la Game Gear.

Hoy con ella en mis manos, alucino pepinillos con semejante armatoste naval, poco más chico que una caja de zapatos. Por ello Nintendo se encargó de plancharla y reducirla en sus apócrifas versiones posteriores actualizadas, con los sobrenombres de Game Boy Pocket, Game Boy Color, Game Boy Advance y hasta la Nintendo DS, que yo mismo tengo por casa y no utilizo en la vida.
Aún a riesgo de ser tomado por cutre, en vez de un flamante retropop como tal es mi estirpe, ahí me tendrán, con los pulgares destrozados de darle caña al Wario Land, mientras espero a los embarques en Barajas. O tal vez como apunta cierto amigo, gran conocedor de tendencias in y consumidor de El País de las Tentaciones, cause furor en los esfínteres de Chueca como pasee por sus cafés con mi incunable en una riñonera, y unas Wayfarer de patillas bicolor. Sea como fuere, lo único seguro es que a panoli no me gana nadie.

Tengan ustedes unas muy buenas noches.