Archive for the ‘Dibujos animados’ Category

h1

Me voy con Mami Cama

5 marzo 2009

Desde que fue instaurada en el hogar como parte impepinable de su idiosincrasia, la relación entre la tele y los niños de la casa ha guardado siempre un cierto halo de magia maravillosa, que se esfuma a partir de la pubertad, con la conciencia de la realidad y de las parrillas infectas de Telecinco. Por ello es normal que algunos recuerdos audiovisuales, a día de hoy cursis y anacrónicos, activen de inmediato los mecanismos de la morriña, provocándonos un torrente de sensaciones de regresión.
Por mera cronología, la memoria de los primeros años de nuestra infancia es la que más profundiza en nuestro subconsciente, nos remite a una era en que el mundo era un almacén de sorpresas, nuestros padres dioses, y la caja tonta una mágica concentración de duendecillos y dibujos animados, desfilando en la pantalla ante nuestras atónitas miradas.
A día de hoy, eso no ha cambiado mucho. ¿Alguno de ustedes tiene hijos? ¿primitos o sobrinos, como es mi caso? desechando absurdas reflexiones sobre degeneración de las infancias, encender una televisión delante de un chaval, es sinónimo de absorber sus cinco sentidos, de afinar los psicotrópicos acordes del Flautista de Hamelín, que les embelesan y cautivan con efectos de hipnosis. Los niños ante las pantallas no ríen ni lloran, simplemente quedan absortos, envueltos en una catalepsia silenciosa, a menudo una bendición para sus sufridos padres. El problema viene consiguientemente, claro está, cuando llega la hora de mandarles para cama, pulsar de sopetón el botón del OFF, y aguantar el chaparrón de lloriqueos, pataletas y berrinches sin poder siquiera solventarlos con una aleccionante bofetada, no vaya a ser que con los tiempos surrealistas que vivimos, acabemos denunciados por maltrato.

El sentido de “servicio público” de la Televisión de estado nunca fue ajeno a este común problema doméstico, múltiplemente repetido en la moderna sociedad cañí desde los tiempos más esplendorosos del franquismo. Y así lanzaron a la programación, en formato de spot parapublicitario, a la celebérrima Familia Telerín, hacia el año 1964, una simpática prole infantil de hermanitos digna de un matrimonio del Opus.


Creados por los pioneros Estudios Moro (publicistas precursores de aquel entrañable strip-tease zoofílico del anuncio de Avecrem), los Telerínez, a través de la engañosa apariencia de dibujos animados, traicionaban la ilusión de los niños al entonar de inesperado aquel dobleintencionado y famosísimo “Vamos a la cama”, marcando el punto exacto de la noche (hacia las 20:00 h. y a diario) en que se acababa el cachondeo padre y comenzaban los dos rombos. Y a pesar de su función aguafiestera, de implicar sin discusión la obligación de tirar pa la piltra y ser un arma efectiva para ese elemento represivo que a veces son los padres, los Telerín marcaron época, siendo a día de hoy de los personajes más añorados por aquellos que nacieron en los 60. E incluso más allá, merced a la popularidad perenne de su sintonía, y a ser resucitados varias veces hasta para promociones de El Corte Inglés. Incluso mi novia luce algunas noches un pijama Women’s Secret, estampado con los jetos de los malditos Cleo, Pelusín y compañía.

Tras una etapa mítica en antena, el spot fue desprogramado, pero no aquella útil idea de marcar sutilmente el fin de horario audiovisual infantil, costumbre que volvió intermitentemente a la parrilla de TVE (a veces importándolos del extranjero, como el “A la camita” del moñas del Topo Gigio), bajo renovaciones continuas de los personajes y del formato. De tal modo, sus legítimos herederos desde el año 72 fueron los hoy olvidados Televicentes, una pandilla de mequetrefes de estética kitsch, comandados por una especie de comerciante de feria, al que un loro tarado llamaba “Don Pepino”. A mi no me miren raro, que éstos son recuerdos de tipos mucho más viejunos que yo, no hablo de mis propias vivencias sino del fruto de una investigación.

Sí hablaré de mi gratificante experiencia personal y relato a pie de campo, cuando a continuación les remita, tras un largo lapso de tiempo en que la tele dejó de emitir estos animados toques de queda, al entrañable Casimiro que recuperó esa noble y añeja tradición. Un amago de cruce entre cacahuete patizambo y velludo Barbapapa, Casimiro resultaba un personaje contradictorio, que vivía en una mansión tenebrosa digna de los relatos de Edgar Allan Poe, pero calzaba bambas All Star y cantaba a ritmo de rock.

No en vano, su archifamosa canción, que incitaba a los niños a lavarse los dientes como hadas y duendes, fue versionada por ‘la vos melodiosa’ de Julián Hernández de los mismísimos Siniestro Total, en su álbum ‘De hoy no pasa‘, de 1987, en uno de sus himnos más surrealistas.
Y eso que la calabaza ésta con patas ni tan siquiera era un personaje español, sino argentino. Aunque no vestía de albiceleste ni era su cometido comerle la oreja a nuestras ingenuas compatriotas con sus pasteleos baratos, detalles sutiles en su dicción como “estresha nocturna” o “me pongo el piyama”, dejaba entrever claramente su condición transoceánica de genuino hijo de Menem. O de Videla, porque a Casimiro le creó el histórico dibujante platense Jorge de los Ríos en 1981, enmarcado en un proyecto de serial infantil que no llegó a prosperar debido a la delicada situación del país, sumido en plena guerra naval contra los ingleses, por un quítame allá estas Malvinas. A pesar de ello, el exitazo total del fantasmal Casimiro (que propició pesadillas horribles a generaciones enteras de niños impresionados) traspasó fronteras, siendo programado durante años, puntualmente cada noche a las ocho, en nuestro propio país del canal Uno y Trino. De hecho, el doblaje estandarizado del bicho, que rehuye esos ‘chés’, ‘lindo’ o ‘rebuenos’ tan tópicos que se gastan por la nación Maradona -que recuerda aquella época en que la sudaquez de los doblajes de Disney apenas se discernía sino por expresiones muy puntuales –> “¿qué no quieren ver a su mamasita, Wendy?”- es una muestra a las claras de las pretensiones internacionales de Casimiro.

¡El viejo de Casimiro sí que está viejo!

¡El viejo de Casimiro sí que está viejo!


Para la posteridad, dos LP’s de canciones junto a su troupe (a saber: una araña patilarga asquerosa, una lámpara con cabeza de pájaro y un sapo-dragón narigudo), conseguibles a precio de oro a través de las plataformas virtuales de coleccionismo enfermizo.

Y así cabalgamos, tras la aniquilación del hijo bastardo del Capitán Cavernícola, en una travesía en el desierto, huérfanos de serenos televisivos hasta finales de década. Es en Diciembre de 1988 cuando, de la mano del realizador Hugo Stuven, TVE recupera de nuevo la tradición de mandar a dormir a los niños sacando de la chistera el célebre “Telén Telín Telón” de mi generación X (¿?), dibujos animados de fresco y muy grato recuerdo. Grato, porque a mi no me mandaba a la cama ni Dios, a no ser que salieran tetas y culos en la pantalla, y menos unos ingenuos personajillos que pretendían meternos en el catre a plena luz solar de las engañosas ocho y media nocturnas. Siempre me pregunté qué clase de niño aborregado y manipulable sería capaz de encamarse a esa hora en que aún ni se han acostao las gallinas, máxime en el ejemplo de mis preescolares sobrinos citados anteriormente, que de puro milagro no llegan, los cabroncetes, a la línea de la medianoche.

Telín y Telén son una pareja de gemelitos cabezudos (ella cuando se suelta el pelo es el vivo retrato del Primo Eso), que se encuentran viendo Barrio Sésamo cuando, a traición, una confabulación judeomasónica sincroniza al gato de la casa, O’Clock, y la pérfida tubocatódica Telón, a dispersar a los infantes a su cuarto, donde les espera una Mami Cama de reminiscencias complejoedípicas, que les juro por mi madre a mi me la ponía más en ristre que la escena de Amarcord. :-$ Vaya usted a saber por qué, el micho luce una esfera de reloj en vez de hocico, cuyo tiempo no corre sino vuela, ya que entre que la alarma emite su sonido y los niños yacen acostados, pasa una hora que no cuela a no ser que tire de la maquinaria de un CASIO de los chinos. El caso es que los niños quedan acostados de modo incestuoso entre los generosos pechos de Mami Cama, nos dicen “buenas noches”, y a dormir. Una despedida que al final fue más prolongada de lo que cabía esperar ya que, al año siguiente, fue retirado por decisión del nuevo equipo directivo del ente público televisivo, que sucedió a la malograda Pilar Miró tras el escándalo de sus facturas de Zara pagadas con la VISA-RTVE.

Finalmente, con la llegada de los años 90, la magia de la exclusividad de la audiencia por parte de La Primera y La 2 se evaporó, con la llegada de Telecinco, Antena 3, Canal Plus y demás telemorralla, y los remakes telerines se sucedieron, sí, pero con mucho menor alcance y emotividad. Sucesiva e incluso simultáneamente, fueron los espantosos plagios de la marionetas Henson, los Lunnis, el búho de Las Tres Mellizas, el pseudopedófilo Oso de La Casa Azul Disney o el photoshopeado Pocoyó quienes cargaron con la responsabilidad de representar el cierre de la programación infantil, en los últimos tiempos.
Claro que, a pesar de sus nobles intenciones o de los esquizofrénicos esfuerzos de Pablo Motos y séquito por entonar ese crispante “Vete a dormir” de los cojones, ya nada fue lo mismo, la entrañabilidad bajó a cotas mínimas, y sólo podemos ya aferrarnos a las hermosas memorias del pasado legendario. Un pasado pobre en medios y presupuestos, mas rico en ilusión alucinógena.

Bien cierto es que tendemos a idolatrar nuestros recuerdos más lejanos, fruto de aquella época en que apenas nada del mundo comprendíamos, y la ruindad de la sociedad de las masas no había carcomido aún nuestra ingenuidad ni nos había agriado el carácter. La televisión digital no atiende a respetos, y a día de hoy perplejos observamos cómo nuestros infantes meriendan su bocata con los freaks de El Diario de Patricia, o cenan absorbiendo escatologías de Está Pasando y podredumbres del estilo. El concepto del share defeca sobre la memoria de Casimiro, Televicentes y compañía, y a día de hoy dejar una tele encendida delante de un crío, tiene casi más peligro que regalarle una Play Station 2 y que el niño se dedique a atropellar narcotraficantes en su tiempo de ocio, a bordo del GTA San Andreas.
¿Con qué careto pretendemos impresionarles para que desenchufe la máquina a partir de las 9, si están acostumbrados a lidiar con negrazos armados con un AK-47?

|

Reciban un cordial saludo, y muy buenas noches.

Anuncios