Archive for the ‘Juguetes’ Category

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El TCR

3 noviembre 2009

TCR en su envoltorio genuino

Así como, en la Era Contemporánea, el espectro mercantil varía entre los monopolios titánicos (Microsoft) o los oligopolios exclusivistas, la de los años 80 fue sin duda la década álgida de las cruentas Guerras de los Duopolios. El público debía optar radicalmente entre Beta o VHS, Galerías o El Corte Inglés, Sabrina o Samantha Fox, Cola-Cao o Nesquick. Sin ambages, sin términos medios.
Algo parecido sucedió con el siempre atractivo, para mayores y pequeños, mundillo de los cochecitos eléctricos (slotcars), aún en boga para neófitos o nostálgicos empedernidos, a pesar del descenso de rentabilidad con respecto al enorme boom que supuso en su estreno.
Aunque obvio es que, con el paso de los años, el claro ganador de esta batalla entre partidarios del Scalextric Vs los del TCR, acabaron siendo los primeros por meros resultados comerciales, durante los años 80 el debate estuvo ciertamente igualado.

Las diferencias entre el Scalextric de Exin y el Total Control Racing de Model-Iber eran más que evidentes, siendo las carencias de uno suplementadas por sus virtudes con respecto del del otro, con la mano en el corazón y absoluta imparcialidad, en definitiva lo cierto es que las comparaciones estaban muy igualadas.

—El Scalextric disponía de coches más grandes, una historia más longeva iniciada en Gran Bretaña hacia principios de los 50 (comercializado en España por EXIN -los de los Castillos- y luego por Ibertren), y una iniciativa mucho mayor, más imaginativa y creativa que la de sus oponentes, siendo la primera marca de slotcars en presentar al mercado verdaderas réplicas de los grandes bólidos de los pilotos célebres de entonces de Rallies, de Fórmula 1, etc. Su movilidad se basaba en seguir invariablemente la trayectoria de un raíl hueco ribeteado en una pista sin rebordes, con lo que debía reducirse la velocidad en las curvas o el coche se salía de la carretera, siendo imposibles los cambios de carril voluntarios para adelantar al oponente, tan sólo en los puntos intermedios donde los dos carriles existentes se entrecruzaban para igualar las condiciones de recorrido de ambos bólidos en liza.
Scalextric de EXIN

—El Total Control Racing, fabricado originalmente por la casa yankee Ideal Toys en los años 70, presentaba cochecitos más canijos, del estilo Hot Wheels, con dos pequeñas lengüetas metálicas en su dorso que, al contacto con tres líneas metálicas continuas a lo largo de cada raíl, hacía girar el motor de su eje. Aunque sus coches representaban marcas reales (Porsche, BMW), lo cierto es que eran modelos anónimos, sin relación con las celebridades del motor de aquellos años. Sin embargo, este sistema motriz se basaba en un motor especial de doble eje con doble corona conectado a un mando por cables capaz de invertir la polaridad del circuito por medio de una clavija, consiguiendo con ello que el coche, voilà, cambiase de raíl cuando quisiéramos, pudiendo efectuar adelantamientos realistas y haciendo mucho más entretenido el juego.
Esta novedad espoleada jugó muy a su favor ganándose grandes adeptos, como aquí el que suscribe, hasta las napias de tener que levantarse del suelo de moqueta a recolocar el bólido del Scalextric en el circuito cada vez que éste se salía de pista por la jodida fuerza de la inercia, cosa del todo imposible con el TCR, de calzadas poderosamente protegidas con altos rebordes en su margen externo, a prueba de centrífugas sobrenaturales. Los accesorios sin límite, además, convertían el simple juego inicial –caro de cojones- en progresivamente ampliable, aprovechando cada caída de diente de leche para pedirle al Ratoncito Pérez nuevos tramos, obstáculos, puentes chicane, bólidos con luces, cuentavueltas, semáforos o vallas decorativas con pegatinas de DUNLOP o Shell, con los que convertir tu cuarto de estar en un auténtico circuito monegasco lilliputiense como para provocarle erecciones al mismísimo Belni Ecclestone.

Circuito, mandos, coches y flamante puente chicane del TCR

Ahora bien, esta ultraseguridad en pista de los coches TCR (que en las curvas fueses por el carril que fueses, siempre se te iba el bólibo al exterior) convertía el juego en monótono, cabiendo perfectamente la posibilidad de atar con celo el acelerador del mando e irte a merendar tu bocata de Nocilla mientras en el salón tu mítico BMW azul nº32 hacía vueltas rápidas como churros verbeneros.
Esta falta de emoción se suplió con el gran invento del genial “coche obstáculo”, un utilitario que marchaba solo por la pista en zig-zag, cambiando automáticamente de carril, para joder a los dos rivales en competición, lo que dificultaba verdaderamente las carreras e incluso ofrecía la atractiva posibilidad de jugar uno solo.

Lo peor de las tardes-TCR (“¡¡qué PASADA!!” rezaba el slogan flipado-ochentero de la época), del Scalextric o de cualquiera que fuese la escudería oficial de nuestro juego de los cochecitos eléctricos de los güevos, era el correoso proceso montaje-desmontaje del complejo infraestructural del Gran Premio, si ya se tardaba más de media horaca de reloj en machihembrar los tramos de pista del circuito sobre el parqué del salón, ya no te digo si te entretenías en adornarlo con toda la parafernalia adicional de vallas de sponsors, casetas de boxes y la hostia en vinagreta; al final, cuando llegaba el papá de tu colegui de clase al que invitaste a merendar a recoger al chaval, unas pataletas de rabia, porque de tiempo real de juego, apenas diez minutos escasos, oigaustéc. 😥 Sin olvidar citar el nada nimio detalle, para mi de hecho traumático a nivel personal, de la grima horrorosa que me producía guardar todo el juego en su caja oficial, no tanto por lo tedioso de la tarea como por la dentera que me producía el roce fugaz del metal de los raíles con el poliuretano cajeado del interior. Diablos, aún exudo gotas de sudor frío al recordarlo. 😕 Peor que morder por error el envoltorio de papel albal del sandwich del recreo.

Saludetes y buenas tardes.

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La Game Boy

2 mayo 2009

Entra por los pelos en el concepto cronológico que da sentido a esta página (salió al mercado en el 89); no obstante, recuerden una vez más mi declaración inicial de intenciones, donde claramente reflejaba que éste era mi blog y me pasaba cualquier tipo de correcciones formales de fechados por el forro del interhuevo. Con todo el respeto del mundo, claro está.
La Game Boy (literalmente, “Niño del Juego“) llegó a nuestros hogares españoles a partir de 1990, pero acabo de adquirirla por eBay -haciendo frente en puja a freaks descerebrados que, en pasadas subastas, llegaron a ofrecer el triple de por lo que la conseguirían en reputadas tiendas de coleccionismo- y estoy que no quepo en sí de gonzo, creyendo adecuado homenajear a tan ilustre aparatito en condiciones.

La Game Boy representó el paso intermedio entre las Western Bar, Donkey Kong, y míticos derivados de la factoría GAME & WATCH, y los sofisticados vidiojuegos portátiles de hoy, que tanto sirven para matar marcianos, como para escuchar emepetréses pirateados o conectarte a la internept. De hecho, con la invención de la Game Boy, pereció el anacrónico concepto maquinita, supliéndose por el estrambótico consola ya en desuso, de clara connotación cochino-sexual. El cristal líquido y la monocromía persistieron, sí, pero míticos detalles encantadores, como el de apretar la pantalla con el dedo gordo para comprobar la limitada variedad de posiciones de los muñequitos que las maquinitas permitían (junto a los dígitos en 8888), desaparecieron para siempre.
El 'Octopus' de Game&Watch, y el Western Bar de CASIO

El concepto original de la Game Boy resultó brutalmente novedoso y rompedor para la época. En sí, una “multimaquinita” en aras lúdicas. Recuerdo nítidamente la primavera del 90, en mi ciudad natal de Madrit, como el momento en que tuve de ella la primera noticia, observando uno de esos típicos corrillos de chavales durante los recreos en cuyo interior, por lo general, uno espera encontrarse a un repartidor de cromos gratuitos o a dos niñatos de EGB dándose de hostias. Y sin embargo, la estrella invitada en este show era un chaval de 6º, el clásico niñato pijotonto de Mirasierra, sentado en un banco de piedra, manipulando un extraño artilugio de altísima tecnología entre sus manos. Como suele ser habitual en estos clásicos sociales de la infancia, con la actitud despótica de caprichosa estrella del rock del tipo de la Game Boy, que ignoraba despectivamente nuestros ávidos interrogantes acerca de tan maravilloso utensilio, nos costó lo suyo sonsacarle que se trataba del último invento nippón, que le había traído un pariente de Australia en un pack junto a 13 juegazos y a 7 mil cucas del ala. “H-ala” lo que soltaron nuestros viejos, al comprobar que en España el precio se multiplicaría por tres en sus inicios primarios, para estabilizarse con el paso del tiempo en un precio medio de diez talegazos.

Con el pequeño cachivache paralelepípedo color crema de 8 bits entre las manos, tal podías devorar setas psicotrópicas con el Supermario, como con un leve giro de muñeca cambiar de cartucho y ponerte a pinchar globos con el PANG. Los gráficos y aspectos generales minipixelados en escala de 4 grises de los escenarios, obviamente, resultarían lamentables con deshonra en competición con el hiperrealismo 3D de los tiempos de hoy. No obstante amigos, recordemos que, por aquel entonces, nos encontrábamos aún bajo los baremos del Spectrum y sus rectángulos asimétricos representando a los rivales del Emilio Butragueño Toposoft. Los listísimos jerifaltes de Nintendo dieron pábulo al bicho y, en unos pocos años, la ingente variedad de juegos clásicos y reinventados que salió al mercado, unido con una aceptación progresiva que acabó por ser un boom mundial, supieron explotar al máximo el éxito de su creación. Juguete del año no sé cuántas navidades y objeto de deseo para varias generaciones.
La Game Boy en su caja, visores del TETRIS y del Supermario

En 1998, el número de Game Boys vendidas en el mundo se elevaba hasta los 100 millones, hasta en el lugar más recóndito del Congo había un negro encajando piezas con el Tetris entre rito y ritual zulú. El panorama infantil se trastocó radicalmente, de los niños porculeros que amargaban a sus padres el viaje a Benidorm, vomitando en Guadarrama y preguntando cada tres minutos “¿falta mucho para llegar?“, se pasó al único sonido del bip-bip en los asientos traseros, una chavalería electrónico-autista capaz de enfrascarse absortos durante horas ante una pantallita de apenas 2,6 pulgadas. ¿Pérdida irremediable o bendición? como todo en esta vida, va según estómagos.

Y es que justo en su portabilidad y completa autonomía, en contraposición a las difusas ventajas ofertadas por los productos rivales que, en vano, sacó la competencia, se marcó la diferencia. Yo, de natural caprichoso y rebuscado pedichón, que me pulí en regalos el sudor de cada Paga Extra Navideña de mis viejos durante al menos dos décadas, me vi eclipsado por el brillo subterfúgico de la Game Gear de SEGA en color, que costaba como el doble, y era convertible en tilivisión. Agua de borrajas, oiga. Ni el TV tunner cayó en los Reyes subsiguientes, y la maquinita de portátil tenía lo que Ramón Sampedro antes de soplarse su chupito de antimonio. 6 pilas 6, las que se chupaba el aparato negro de los huevos, que después de un par de horas dándole candela al Sonic Hedgehog, parpadeaba en agonía solicitando un nuevo recambio de alcalinas. La Game Gear era inconcebible sin su pertinente cargador para enchufarlo a la red, un devora-wattios desmedido con el que temblaban las bombillas de la casa, de imposible utilidad en los recreos del colegio o en las excursiones campo a través.
No sean malpensados, entre el corrillo de negritos hay uno jugando a la Game Boy. A su derecha, la Game Gear.

Hoy con ella en mis manos, alucino pepinillos con semejante armatoste naval, poco más chico que una caja de zapatos. Por ello Nintendo se encargó de plancharla y reducirla en sus apócrifas versiones posteriores actualizadas, con los sobrenombres de Game Boy Pocket, Game Boy Color, Game Boy Advance y hasta la Nintendo DS, que yo mismo tengo por casa y no utilizo en la vida.
Aún a riesgo de ser tomado por cutre, en vez de un flamante retropop como tal es mi estirpe, ahí me tendrán, con los pulgares destrozados de darle caña al Wario Land, mientras espero a los embarques en Barajas. O tal vez como apunta cierto amigo, gran conocedor de tendencias in y consumidor de El País de las Tentaciones, cause furor en los esfínteres de Chueca como pasee por sus cafés con mi incunable en una riñonera, y unas Wayfarer de patillas bicolor. Sea como fuere, lo único seguro es que a panoli no me gana nadie.

Tengan ustedes unas muy buenas noches.