Archive for the ‘Música’ Category

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Video Killed The Radio Star

26 noviembre 2009

Tiene huevos. La canción que mas recuerdos me trae de los 80, el hit celebérrimo por excelencia que todo ser dotado de martillo, yunque y pabellón auricular ha debido de escuchar hasta la saciedad, la melodía que inmediatamente me retrae hacia una época dorada que ahora es sólo un vil murmullo, es en realidad de 1979. 😕 The Buggles, paradigma británico de aquello que entendidos y gafapastosos vienen a denominar como banda “One Hit Wonder“, fue un dueto sinthy-pop que esculpió un auténtico himno generacional al inicio de una era de hombreras y leotardos bicolor, y al poco se deshizo sin llegar jamás a desarrollar una sóla gira promocional. Millones de leureles en concepto de royalties, y donde se forran los artistas, que en verdad es en conciertos, ni una mala peseta. Lo que se llama “un negocio redondo” para la SGAE.
Para más inri, la letra de la canción, con sus míticas estrofas radiadas en una acústica deliberadamente enlatada, que reza versos como

“I heard you on the wireless back in ’52
lying awake intent at tuning in on you.
If I was young it didn’t stop you coming through”

rematados con ese incomprensible y melodioso femenino

“¡Aaawa-awa!”

que cada vez que escucho me pone los pelos como escarpias, nos remite en realidad a una época nostálgica mucho más antigua –los años 50– en la que la difusión de los medios audiovisuales crucificó a muchas de las estrellas de la radio de la época, de una voz y armonía indudables, pero un carisma y un look dejado de la mano de Dios. Lejos de constituir un axioma, cierto es que los cantantes punteros feos, obesos y con pantalones de pana no abundan en las listas de los Grandes Éxitos, desplazados por los crueles artificios del circo del marketing musical, donde priman los sex-symbols, la gomina Giorgi en cantidades industriales, el atrezzo de la pantomima y los glóbulos mamarios a reventar. Que yo soy el primer fan irredento de las tetas grandes, quede clara la premisa, pero coño, hablamos de pop, de techno, de trash, de punk, de copla, de heavy metal, de música rehostia, no de películas porno. Aunque más de un pájaro no pierda la ocasión de sacudirse la sardina con cada videoclip de la Soraya que pasen por el canal de Los 40.
De un tiempo a esta parte, productores y cazatalentos nos inundan de barbies de silicona y follarines saltimbanquis, obviando la primordial importancia de la melodía y el virtuosismo de las cuerdas vocales, pervirtiendo el panorama musical con sub-ídolos juveniles prefabricados para el infrapúblico teen. A los Backstreet Boys, las Spice Girls, Justino Timberlake o al fenómeno O.T. les remito.

Los Buggles en sí, aún con sus pintas de geeks universitarios y con sus gafas de Pepe Gáfez, no eran tan horripilis como pudieran ser, qué sé yo, Rosana o Pedro Guerra, y demás desarrapados rascabandurrias del Averno marginal de los cantautores, pero bien podrían adscribirse al tema de su canción de bandera. Parcialmente inspirada, por cierto, en un curioso relato de J.G. Ballard, dato aportado en pro del lector puntilloso y desequilibrado.
Un refrán muy manido en el mundo hertziano de las ondas sentencia que “si una voz te enamora, no te pases por la emisora“. Más menos, lo que bien apostilla nuestra homenajeada Video Killed The Radio Star, a modo de moraleja: “Put on the blame on VTR” (Video Tape Recorder). Los entrañables Juan Luqui, Abellán o Cristina López Schlichting pueden dar buena fe.

Múltiples veces versionada a lo largo de los años, como todo clásico que se precie (el último fue Robbie Williams), sin duda destaca la interpretación de los Presidents of U.S.A., como parte de ambientación de la peli El Chico Ideal, de la cándida Drew Barrymore y el tontaina del Adam Sandler. Jamás la cantaron los Radiohead, ni puto caso a las fábulas de Wikipedia, a no ser que fuera en la ducha, después del O Sole Mio.

También cabe reconocerle a su vidrioclip, dirigido por “el Inmortal” Russell Mulcahy, el honroso honor de inaugurar en 1981 la programación de la MTV, símbolo del coolismo guaycista por excelencia. Otra anécdota curiosona estriba en los coros femeninos de acompañamiento, una leyenda urbana asegura que se trataba de una veinteañera Madonna, en sus anónimos inicios artísticos previos al corpiño con teteros de pico. Mas si, de esta colección de anexos absurdos y prescindibles, destinados a dar la razón a la recua de críticos con mi supuesta afición a enrollarme -bastardos :(- he de decantarme por uno, elijo sin vacilar el más freak: la campaña publicitaria ochentera de aquella marca de vídeo-grabadores sistema VHS, uno de los plagios más míticos que esta retorcida mente recuerda:

SANYO-SANYO…

está contigooo

Reciban un cordial saludo y muy buenas noches.

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Ricky Lacoste y La Fiebre Amarilla

8 julio 2009

Ricky Lacoste con su guitarra de pegatinas de Snoopy, guitarra real del propio David Summers
“Ella se fue con un niño pijo… en un Ford Fiesta blanco,
con un jersey amarillo”

Así versaba el himno de toda una generación de pre-, post- y proto-adolescentes de una época, nostálgica para unos y vergonzante para otros, en la que los celebérrimos Hombres G se erigieron como reyes absolutos del panorama pop patrio. Muchos fuimos los que recapacitábamos, confusos, cómo podría ser un ‘niño pijo’ según los baremos de un elemento como David Summers, representante mayor del hijismo paparil y objeto de deseo de cientos de millares de esas “chicas cocodrilo” de antaño con el caimán tatuado en el polo. “Sufre Mamón”, película homónima con respecto al mítico hit, de las dos que Papá Summers hizo para promoción y gloria del grupo de su vástago, vino a resolver esta duda ancestral. Y ese ‘niño pijo‘ cabrón pichabrava, que supuestamente inspiró la sentida melancolía de David usurpándole la chati (Marta Madruga, en la película y en la vida real), se transfiguró en el legendario personaje ficticio de Ricky Lacoste, líder del grupo rival de sus primitivos Residuoss, “La Fiebre Amarilla”.

Sufre Mamón, como la propia musicalidad de los Hombres G, es un producto mediático injustamente infravalorado y vilipendiado hoy en día. Fiel reflejo de una era sencilla y desenfadada, no fue sino un artificio teñido de la intrascendencia hedonista autocomplaciente tan arquetípica de los Años 80. Si bien no compete debate alguno ahora sobre la calidad sinfónica de los Beatles cañís (cuyos álbumes yo, como el 90% de mis coetáneos, he coleccionado compulsivamente en formato casette, ocultos tras un doble fondo de mi estantería), su primera película es simple y llanamente una jodida maravilla.
Menciones obvias aparte de que David y Javier (el batera) no fueran precisamente Pacino y De Niro, ni que el argumento haga sombra a las tramas de Hitchcock, Sufre Mamón se puede observar, con ojos actuales, como uno de los más cutres, mofantes y estrambóticos ejercicios históricos, verdaderamente representativos de la sociedad española de una época mítica. Posters de Samantha Fox, chapitas de The Clash, jerseys de Privata del tamaño de un saco, y de entre la pléyade de nostálgicos símbolos ochenteros, destacando con fulgor propio, el pulligan amarillo, el Forfi albino de la estrofa inicial, y la guitarra española con pegatas de serie de Snoopy o Pachá del único y genuino Ricky Lacoste, nuestro héroe del día.

<em>¡...que tenéis menos fuerza que el pedo de un marica...!</em>

¡...que tenéis menos fuerza que el pedo de un marica...!

Al contrario que muchos de los detalles de la peli presuntamente biográficos, el personaje del supervillano enemigo de un heroíno David se incluyó con calzador en la trama, con el fin de animar el guión, y justificar, ya de paso, la lírica surrealista del tema que daba título al “flim”. El problema a mayores pasó a ser que esta Némesis secundaria, al alimón primo-hermano de Summers (el no-actor sevillano Gerardo Ortega, cuyo vozarrón era un ostensible doblaje), casi se merienda a la estrella del show.
No fue para menos: un entrañable macarra con tupé de gomina, clavado a ese sempiterno actor de celebérrimo rostro y menos manido renombre que es Guillermín Montesinos (el vendedor de cupones de Los Ladrones van a la Oficina, entre otros), capaz de diccionar incunables del calibre de “chaval, te estás pasando conmigo y estás jugando con la muerte”, merece un apartado propio en el Hall of Fame de la Mitología Pop. Ricky Lacoste, a pesar de sus chaquetas anacrónicas y sus camisas con corbata camaleónica, no era un pijalles al uso blandiblú, con el cuello del niki levantado y debilidad por los “osea” o “telojú”. Era, en sus propias palabras, “el más chulo del colegio”, el “semental de este ganado”, el pseudorrocker de tejanos remangados y calcetos color blanco por el que bebían los vientos -y a buen seguro los esmegmas- las buenorras preuniversitarias del Santa Cristina, recinto lectivo de leyenda madrileña donde, en la vida real, venían a parar los despojos escolares rebotados de otros centros. Como líder del grupo imaginario infausto-pop Fiebre Amarilla (no confundir con los pseudónimos artísticos plagiados de los componentes del dúo gafapasta The Raros), sus canciones egocéntricas, megalómanas e infumables resultaban toda una declaración de principios chulopiscinistas:
…sé que no puedes más, que te han dicho tus amigas
que estoy bueno de verdad,
pero hay una larga cola que tienes que esperar.
No te creas que eres distinta ni muchísimo más linda,
sólo eres una pedorra más

Exquisitos endecasílabos culteranistas, que se decían compuestos ad hoc por los mismísimos Danza Invisible (en realidad fueron creación de unos tales Javier Escuriza y Tony Palmer), que, junto a su otra delicatessen sinfónica “como mi almohada no hay nada, no hay nada”, tallaron en mármol noble la figura del último galán a la vieja usanza: sexista, despreciativo, el clásico líder de manada con derecho de primae noctis que todos deseamos ser algún día, en lugar del habitual rol de frustrado paño de lágrimas de sus víctimas despechadas calientabraguetas.
Ricky Lacoste 4

La histriónica caracterización de Ricky, en definitiva, resulta tan obvia, tan ‘malvado de cuento de Gloria Fuertes’, que resulta tarea imposible no alinearnos con el presunto antihéroe, en detrimento del bovino David, con su nihilismo impertérrito y su carisma descafeinado. El aura de Ricky es tan grande que, a fin de cuentas, es él quien se queda con la chavala (como un queso, por muy pedorra que sea), engalana su verborrea cheli a cada perla que suelta -“¡que os folle un guardia!”- y, por mucho que sean los Hombres G los que al final triunfen en la trama (por algo es su jodida película), desde el mismo momento en que el personaje es quitado de en medio, merced a un K.O. pugilístico, empezamos a echarle de menos, encontrando brutalmente prescindible el resto de la película.

Para todos aquellos depravados deseosos de saber del paradero actual del tal Gerardo Ortega, que de tan magno modo interpretó este papel, confirmarles que el chaval no volvió a actuar en la vida, que se recluyó en los quehaceres de su finca de señorito andaluz, y que a día de hoy es el orgulloso propietario de la ganadería de lidia que lleva su nombre, de reconocido prestigio taurino. Ignoro si para el hoy maduro señor, serio y respetable empresario del arte ancestral de la tauromaquia, su breve encarnación como Ricky Lacoste es motivo de orgullo, de oculta vergüenza, o se reduce a un simple y leve rumor en sus memorias vitales. Sólo sé que su indigno final en la peli, como víctima predecible de los manidos polvos pica-pica de la cancioncilla de marras, jamás consiguó masacrar su extraordinario carisma genuino.
Gerardo Ortega a día de hoy, un ganadero de éxito hoy

Saludetes e moi boas noites, meus fillos.