Archive for the ‘Películas’ Category

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El niño de La Historia Interminable

20 noviembre 2009

* Nota para torpes y neonatos: los fragmentos de texto en color azul corresponden a links externos referentes a los temas tratados en el artículo. Si no se quiere clickear, poniendo el ratón encima se previsualiza en pequeñito la foto o artículo al que redireccionan. Algunos, créanme, merecen la pena…

Se parte uno el ojaldre cuando consulta la todopoderosa Wikipedia, supuesta cuna del saber y la cultura neosecular, y se encuentra con joyas literarias como ésta, referida al ex-niño actor que hoy nos atañe:

Barret Oliver –  actor estadounidense popular por su crítico papel en el filme de 1984 “La Historia Sin Fin”. Es considerado uno de los actores jovenes vetereanos (sic) en lo que va del cine hollywoodense.

y se queda tan ancho el redactor, traductor autómata de la versión yankee o sudaca medio-analfabeto metido a enciclopedista, ante la pasividad de los -en apariencia- implacables y temibles bibliotecarios wiki-cops.
Barret Oliver (como Macauley Culkin o Brad Renfro en los 90, Pablito Calvo, Pili y Mili o Marisol en la España cañí, y sus coetáneos ochenteros Corey Haim o el omnipresente Corey Feldman) fue una de tantas celebridades cinematográficas infantes cuyo rostro se grabó en nuestras retinas pero, tras crecer y madurar en los estragos de la adolescencia, sólo los recuperamos hoy día para mofarnos del resultado estético actual de sus dietas ricas en hormonas. O bien, para rellenar los apartados de sucesos referentes a juguetes rotos, esas ex-estrellas infantiles del pasado metidos a alcohólicos antónimos, suicidas automovilísticos y bricomaníacos de la sobredosis. Lo sufrimos, tristemente, con el recuerdo de los entrañables River Phoenix, nuestro patrio pívot Joselítez, el niño de Su Juguete Preferido (transmutado al cine blandiporno, como el sonado caso de la hija de los Winslow en Cosas de Casa, algo más hard en sus performances), o incluso la cándida Drew Barrymore con su coletitas en E.T., recuperada hoy para la causa.
Sin embargo, como no son todo cenagales en los inescrutables caminos del Señor, conviene aparcar en batería el todoterreno de los tópicos malignos, y aclarar que la celebridad durante la minoría de edad no supone, de por sí, un pasaporte hacia el Infierno. No por recabar menor repercusión sensacionalista, han dejado de ser inmensa mayoría los ejemplos de los ‘niños mediáticos’ del ayer que, en la actualidad, sobrellevan una vida saludable, aun con vello púbico en sus entrepiernas y calvas incipientes en sus sienes. Y ahí tienen el gratificante perímetro mamario adulto de Sara la de Compañeros (y niña-anuncio de muñecas por antonomasia de las navidades ochenteras), el brillante CV de Elijah Wood aun a pesar de sus ojos de batracio, o la reputación del gran Leo di Caprio, del que pocos ya recuerdan sus apariciones en Los Problemas Crecen, junto al predicador ex-guaperas de Kirk Cameron.

Existen, incluso, -algunos no me creerán si se lo digo- casos aislados de niños mediáticos del pasado que, superado todo síndrome de Peter Pank, no se aferraron al faranduleo como único destino de sus vidas, cayendo en que lo suyo fueron refulgentes papelitos que estarán muy bien para fardar ante sus nietos, pero que hay otros futuros posibles más dignos acordes con sus posibilidades. Dejando de lado patetismos patentes como las ‘versiones F5’ de Arnold o Webster, ahí tienen a Paul de Aquellos Maravillosos Años, brillante abogado con licenciatura de Yale, o nuestro añorado Piraña, Doctor Ingeniero en Telecomunicación, cum laude en su tésis incluída. O nuestro Bastian Baltasar Bux que llegado a este punto retomo, alias Barret Oliver, ese adorable mocoso que se pasaba la mañana de pellas bajo una manta de felpa en el cuarto de objetos perdidos del cole, leyendo un tochazo infumable de un tal Michael Ende. La maravillosa La Historia Interminable, una de mis pinículas favoritas per sempre, merced a esa inolvidable banda sonora a prueba de nostálgicos empedernidos, al protagonismo de otros niños-actores de los que jamás nada se supo (Atreyu aún guarda cierto parecido a pesar de su aspecto hombre-lija, la preciosa Emperatriz Infantil iraní ciñó su carrera profesional al baile), o sus irrepetibles escenas con monstruos come-piedras, caracoles de carreras (el jinete, por cierto, es el enano fetiche del amigo Tim Burton) y dragones volando sobre las calles de Brooklyn: FUYUR, el mastín planeador que siempre soñé cabalgar antes de arribar mi adolescencia, y redirigir mis oníricas poluciones hacia Pamela Anderson. 😳

El gran Barret Oliver, al contrario que otros colegas preadultos repelentes y hostiables como el niño medio retrasado de E.T. (uno de los peores doblajes que recuerdo), Bego de Compañeros o todo el elenco protagonista de la infumable “Pandilla de Pillos” de 1994, poseía un extraño don, poco común entre estos engendros prodigios que uno desearía estrangular entre sus psicóticas manos: encanto. Ni cursi ni repipiolo, ni el clásico resabiado de la EGB al estilo de los repugnantes listillos de Sabe usted más que un niño de primaria; el chaval de La Historia Interminable, Cocoon o el infante-robot de D.A.R.Y.L. de 1985, Barret Oliver, era un niño sin más, sin pretensiones, un enano de metro treinta ojito derecho de las abuelas, entrañable para el público en general. Correcto y formal, gracias las justas, el clásico primito al que sientas en ‘la mesa de los pequeños’ en los bautizos y no monta tangana, al contrario del resto de mostrencos menores que lloran, berrean y regurgitan y hacen batallas de pan, el hijo que todos desearían para sí.

…y tal como vino, desapareció. Sin rencores, espectáculos lacrimógenos ni aspavientos. Un día cualquiera, tras haber conocido las mieles del triunfo a una edad tan temprana, estirada su carrera desde sus escarceos en la serie de El Coche Fantástico, hasta trabajar con Tim Burton, tontear con la Cienciología y rodar la segunda parte de Cocoon, decidió apagar las luces del camerino y dedicarse a otra cosa, sin dar ningún tipo de explicaciones. Dijo en Hollywood que se bajaba un momento a por un paquete de Winston, y ya no volvió. Durante casi dos décadas nada se supo de él, no concedió entrevistas, no apareció en reallities ni en nauseabundos revivals presentados por Consuelo Berlanga, y lo cierto es que, la característica frialdad del consumidor de cine palomitero, no tardó en desplazarle al olvido y encontrar sustituto en el Pinocho explotado de turno para bailar jotas sobre el tablao.

…hasta que sus acérrimos fans de la época se convirtieron en treintañeros, esta macromaraña de información patológica que es Internet fueron sus benditas Páginas Amarillas, y algún freak Mr. Holmes aburrido sin Watson al que sodomizar, dio con la clave correcta en el Google y acabó atando cabos hasta dar con su paradero actual, allá por 2007. Pues resultó que el amigo Barrete vivía tan pancho y feliz como fotógrafo profesional en Los Ángeles, con un reconocido pero anónimo prestigio por su saber en las artes técnicas del Siglo XIX, profesor universitario, con diversas exposiciones en su curriculum. Mas no terminó aquí la sorpresa, nimia y meramente anecdótica si no fuera por la guinda morbosa del pastel dulce de la curiosidad del buen nerd: su foto actual.
Quisiera ser el primero en pasarme por el forramen el expreso deseo del susodicho de no exhibirle cual mono de feria y respetar su derecho a la intimidad (hace unos meses, cuando conseguí sus fotografías, me infiltré como el geeky de pro en cierto grupo msn de fans yankees donde resguardaban el documento gráfico como oro en paño), ingenuo de mi, mas obvia decir que Internet es, a estas alturas, un nido de alimañas donde conviven carroñeros aún más despreciables que yo. Pero en fin, si se quieren evitar el tecleado en cualquier buscador sencillote, yo les ahorro el trabajo. Ahí va:

😯 A mi no me pidan explicaciones, que no pienso devolverles los cuartos. Efectivamente, esa especie de judío ortodoxo rodeado de puretas de cata mayor, no es otro que aquel mismo guajillo que gritaba a la oscura tormenta aquel mítico e inolvidable “¡¡Hijo de la Luuunaaaa!!“, con las ventanas abiertas de par en par. Ciertamente, todo intento absurdo de asociar esas barbas de Níquel Nanas, esas rastas piojosas, ese look perroflautista degenerado con los acordes nostálgicos de Neverending story, es totalmente en vano. Y sin embargo, ahí tienen ustedes a un tipo feliz. Ya es algo de lo que muchos no pueden presumir.

Reciban un cordial saludo, y tengan muy buenas noches.

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Ricky Lacoste y La Fiebre Amarilla

8 julio 2009

Ricky Lacoste con su guitarra de pegatinas de Snoopy, guitarra real del propio David Summers
“Ella se fue con un niño pijo… en un Ford Fiesta blanco,
con un jersey amarillo”

Así versaba el himno de toda una generación de pre-, post- y proto-adolescentes de una época, nostálgica para unos y vergonzante para otros, en la que los celebérrimos Hombres G se erigieron como reyes absolutos del panorama pop patrio. Muchos fuimos los que recapacitábamos, confusos, cómo podría ser un ‘niño pijo’ según los baremos de un elemento como David Summers, representante mayor del hijismo paparil y objeto de deseo de cientos de millares de esas “chicas cocodrilo” de antaño con el caimán tatuado en el polo. “Sufre Mamón”, película homónima con respecto al mítico hit, de las dos que Papá Summers hizo para promoción y gloria del grupo de su vástago, vino a resolver esta duda ancestral. Y ese ‘niño pijo‘ cabrón pichabrava, que supuestamente inspiró la sentida melancolía de David usurpándole la chati (Marta Madruga, en la película y en la vida real), se transfiguró en el legendario personaje ficticio de Ricky Lacoste, líder del grupo rival de sus primitivos Residuoss, “La Fiebre Amarilla”.

Sufre Mamón, como la propia musicalidad de los Hombres G, es un producto mediático injustamente infravalorado y vilipendiado hoy en día. Fiel reflejo de una era sencilla y desenfadada, no fue sino un artificio teñido de la intrascendencia hedonista autocomplaciente tan arquetípica de los Años 80. Si bien no compete debate alguno ahora sobre la calidad sinfónica de los Beatles cañís (cuyos álbumes yo, como el 90% de mis coetáneos, he coleccionado compulsivamente en formato casette, ocultos tras un doble fondo de mi estantería), su primera película es simple y llanamente una jodida maravilla.
Menciones obvias aparte de que David y Javier (el batera) no fueran precisamente Pacino y De Niro, ni que el argumento haga sombra a las tramas de Hitchcock, Sufre Mamón se puede observar, con ojos actuales, como uno de los más cutres, mofantes y estrambóticos ejercicios históricos, verdaderamente representativos de la sociedad española de una época mítica. Posters de Samantha Fox, chapitas de The Clash, jerseys de Privata del tamaño de un saco, y de entre la pléyade de nostálgicos símbolos ochenteros, destacando con fulgor propio, el pulligan amarillo, el Forfi albino de la estrofa inicial, y la guitarra española con pegatas de serie de Snoopy o Pachá del único y genuino Ricky Lacoste, nuestro héroe del día.

<em>¡...que tenéis menos fuerza que el pedo de un marica...!</em>

¡...que tenéis menos fuerza que el pedo de un marica...!

Al contrario que muchos de los detalles de la peli presuntamente biográficos, el personaje del supervillano enemigo de un heroíno David se incluyó con calzador en la trama, con el fin de animar el guión, y justificar, ya de paso, la lírica surrealista del tema que daba título al “flim”. El problema a mayores pasó a ser que esta Némesis secundaria, al alimón primo-hermano de Summers (el no-actor sevillano Gerardo Ortega, cuyo vozarrón era un ostensible doblaje), casi se merienda a la estrella del show.
No fue para menos: un entrañable macarra con tupé de gomina, clavado a ese sempiterno actor de celebérrimo rostro y menos manido renombre que es Guillermín Montesinos (el vendedor de cupones de Los Ladrones van a la Oficina, entre otros), capaz de diccionar incunables del calibre de “chaval, te estás pasando conmigo y estás jugando con la muerte”, merece un apartado propio en el Hall of Fame de la Mitología Pop. Ricky Lacoste, a pesar de sus chaquetas anacrónicas y sus camisas con corbata camaleónica, no era un pijalles al uso blandiblú, con el cuello del niki levantado y debilidad por los “osea” o “telojú”. Era, en sus propias palabras, “el más chulo del colegio”, el “semental de este ganado”, el pseudorrocker de tejanos remangados y calcetos color blanco por el que bebían los vientos -y a buen seguro los esmegmas- las buenorras preuniversitarias del Santa Cristina, recinto lectivo de leyenda madrileña donde, en la vida real, venían a parar los despojos escolares rebotados de otros centros. Como líder del grupo imaginario infausto-pop Fiebre Amarilla (no confundir con los pseudónimos artísticos plagiados de los componentes del dúo gafapasta The Raros), sus canciones egocéntricas, megalómanas e infumables resultaban toda una declaración de principios chulopiscinistas:
…sé que no puedes más, que te han dicho tus amigas
que estoy bueno de verdad,
pero hay una larga cola que tienes que esperar.
No te creas que eres distinta ni muchísimo más linda,
sólo eres una pedorra más

Exquisitos endecasílabos culteranistas, que se decían compuestos ad hoc por los mismísimos Danza Invisible (en realidad fueron creación de unos tales Javier Escuriza y Tony Palmer), que, junto a su otra delicatessen sinfónica “como mi almohada no hay nada, no hay nada”, tallaron en mármol noble la figura del último galán a la vieja usanza: sexista, despreciativo, el clásico líder de manada con derecho de primae noctis que todos deseamos ser algún día, en lugar del habitual rol de frustrado paño de lágrimas de sus víctimas despechadas calientabraguetas.
Ricky Lacoste 4

La histriónica caracterización de Ricky, en definitiva, resulta tan obvia, tan ‘malvado de cuento de Gloria Fuertes’, que resulta tarea imposible no alinearnos con el presunto antihéroe, en detrimento del bovino David, con su nihilismo impertérrito y su carisma descafeinado. El aura de Ricky es tan grande que, a fin de cuentas, es él quien se queda con la chavala (como un queso, por muy pedorra que sea), engalana su verborrea cheli a cada perla que suelta -“¡que os folle un guardia!”- y, por mucho que sean los Hombres G los que al final triunfen en la trama (por algo es su jodida película), desde el mismo momento en que el personaje es quitado de en medio, merced a un K.O. pugilístico, empezamos a echarle de menos, encontrando brutalmente prescindible el resto de la película.

Para todos aquellos depravados deseosos de saber del paradero actual del tal Gerardo Ortega, que de tan magno modo interpretó este papel, confirmarles que el chaval no volvió a actuar en la vida, que se recluyó en los quehaceres de su finca de señorito andaluz, y que a día de hoy es el orgulloso propietario de la ganadería de lidia que lleva su nombre, de reconocido prestigio taurino. Ignoro si para el hoy maduro señor, serio y respetable empresario del arte ancestral de la tauromaquia, su breve encarnación como Ricky Lacoste es motivo de orgullo, de oculta vergüenza, o se reduce a un simple y leve rumor en sus memorias vitales. Sólo sé que su indigno final en la peli, como víctima predecible de los manidos polvos pica-pica de la cancioncilla de marras, jamás consiguó masacrar su extraordinario carisma genuino.
Gerardo Ortega a día de hoy, un ganadero de éxito hoy

Saludetes e moi boas noites, meus fillos.

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Los Goonies: “Waaaaoh”

27 febrero 2009

Qué mejor inauguración de este compendio de recuerdos de una época de mitos, que dedicarla a la película mítica infantil de los 80 por excelencia. Que lo disfruten.

Cartel de la película Los Goonies

Ficha técnica:
Año de Producción: 1985
Director: Richard Donner
Protagonistas:

Mikey Walsh, el enano con brackets tímido y valiente: Sean Austin
Brand Walsh, el hermanísimo: Josh Brolin
Clark Deveraux, “Bocazas”: Corey Feldman
Richard Dwang, “Data”: Jonathan Ke Quan, el chinito de Indiana Jones
Lawrence Cohen, “Gordi”: Jeff Cohen
Andy Carmichael, la guapina: Kerri Green
Stef Steinbrenner, la amiga “murciélago”: Martha Plimpton
Lotney Fratelli, “Sloth”: John Matuszak, sin maquillaje no es mucho más guapo

Si hay un personaje del Séptimo Arte que de verdad merece todo ese caudal degenerado de dinero y celebridad con que suelen ser hipervalorados estos faranduleros progrettis de salón, éste es sin duda Steven Spielberg, el Rey Midas de Hólibuc, que convierte en oro todo lo que toca, con ese especial olfato para la comercialidad, sazonado con un savoir faire y unas dotes de genio capaz de conferir a cada uno de sus trabajos un acabado impecable. Lo hizo con encargos especiales de guiones inabarcables como la correcta Inteligencia Artificial auspiciada por Kubrick, con difíciles temáticas como la trama de Munich, o con meros road movies reconvertidos en clásicos de la talla de El Diablo Sobre Ruedas.

Los Goonies supone, en sí, un dechado de imaginería infantil asombroso, que a cualquier persona criada en los clásicos atractivos de los tradicionales cuentos de aventuras se le podía haber ocurrido: clanes de amigos en edad escolar que corren juntos intrépidas vivencias, personajes estrafalarios, locos inventos y barcos del Pirata Garrapata con fabulosos tesoros enterrados como telón de fondo. Un popurrí de Robert Louis Stevenson, Little Rascals, Enid Blyton o el Profesores Bacterio, no excesivamente original en el género de aventuras noveladas, pero sí a la hora de traspasarlos a una pantalla. Una presentación entrañable, un puñado de simpáticos personajes menores de edad y unos malos tan pérfidos como gratificantemente feos, contra los que la chavalería de las butacas pueda berrear sus sentidos “buuuuuuuhs” de desaprobación y lanzarles palomitas, riendo sádicamente en la satisfacción de contemplar cómo acaban recibiendo aleccionantes mandobles uno tras de otro.
Spielberg creó el guión de esta historia de la nada y actuó como productor, cediéndole la silla de dirección al irregular Richard Donner de Arma Letal o Lady Halcón, pero desde el salami del gordinflón hasta el parche de las calaveras de los piratas, todo huele al perfume embriagador de este jodío judío.


El grandioso barco de Willy, el “Inferno“, se construyó a escala real con todo lujo de detalles y se vendió al mejor postor tras la filmación. No “postó” ni Dios, y acabó en Valdemín-Gómez.

Los Goonies son una pandilla de mocosos en edad escolar así autonominados, integrada por diversos miembros de distintos patrones estudiadamente seleccionados (como en toda película que se precie dirigida a un manipulable público juvenil) que viven en un pequeño pueblecito costero de Oregón, Astoria (patria queridaaa), junto a los denominados “muelles de Goon” (de ahí su apodo), a pie de la playa de Cannon Beach. Así, tenemos al pequeño líder Mikey Walsh, tímido, inteligente y audaz -un Sean Austin que acabaría interpretando a uno de los coleguitas elfos de Frodo en El Señor de los Anillos, una vez superados los granos y el onanismo compulsivo de la adolescencia. Le acompañan Bocazas, el graciosillo del grupo, el omnipresente actor infantil por antonomasia Corey Feldman (Gremlins, Cuenta Conmigo); el chino de diez años Data (¿sería por el término informático, o un hiriente ‘Rata’ cachondeándose de su acentuado “dedeo” de inmigrante?), fanático de los inventos del Todo a Cien, que con un par de palillos y un rollo de cinta aislante ríte tú del McGyver; y como no podía ser menos, el obeso de la pandilla, el Piraña, el metegambas entrañable que se hace de querer en su histrionismo hipertiroidal, de evidente pseudónimo “Gordi“.
A su vez secundados, por meras razones de kangureo e indispensables anexos romanticoides, por el hermano de Mikey, el musculoso Brand (nombre de pila completo, Brandon Walsh, ¿no les trae como 90.210 reminiscencias?), y el par de zorrupias de atrezzo: la una pelirrojilla con carita de ángel, Andy -a la que el cachas se quiere beneficiar-, la otra rubiafea de pelo chicazón, Stef -otro clásico, la gregaria asexual de escaso atractivo como complemento a la maciza, como pasaba con Desi de Verano Azul, que hoy día apostaría media nómina a que acabó acomplejadita y más puta que las gallinas.

El caso es que tanto a los hermanos Walsh como al chinaco, y como en efecto dominó le acabará ocurriendo al resto del barrio, pretenden expropiarlos para reconvertir su urbanización en un lujoso Campo de Golf, con sus caddies y sus hoyos, y su Club Social donde la gente viste bermudas blancas a juego con el jersey sobre los hombros, y bebe sorbitos de té con el meñique estirado.
Como los Goonies son más bastos que los eructos de Luis Aragonés, pasan del golf y son más de petanca, pelota vasca o el escondite inglés, por lo que se resignan a pasar sus últimas horas juntos, llorándose las penas de que sus padres no tengan perras, jugando al tute cabrón en casa del amigo Mikey, mientras degustan tristemente una Mirinda. Pero héte aquí que al inquieto amigo de los brackets le da por revolver en el desván de su viejo, que curra en el museo y lo tiene de mierda hasta arriba, y ¡tachán! como por mágica coincidencia aparece, escondido tras un cuadro, un amago de plano del tesoro presuntamente redactado por el mismísimo pirata Willy el Tuerto, describiendo lugares no muy lejanos a su aldea. Motivados con los pertinentes “waaaaoh” de admiración (se pasan media peli flipándolo en colores boquiabiertos), de ahí a maniatar al aguafiestas del hermano Brand a su barra de ejercicios Abdominator, y salir escopetados en sus Orbeas camino del parné, e involucrando en su aventura al resto del reparto, es todo uno.


Goonies merchandising

Y a partir de aquí, amigos, es cuando el talento de Spielberg se derrama a hectólitros por doquier: grutas subterráneas, pasadizos ocultos, familias italianas de mafiosos liderados por una horrible abuela, una gymkana correctiva de imaginación ilimitada perpetrada por el cabroncete puñetero del pirata Willy… hasta llegar sanos y salvos a las entrañas del barco, escondido en una cueva, repleto de oro, incienso y mirra hasta los topes. Que por cierto, acaba finalmente navegando a la deriva con total impunidad, mar adentro, mientras todos se lamentan entre cálidas sonrisas por no poder hacerse con un mal par de aquellos doblones con la cara de Juan Carlos de Borbón ¡los muy anormales! en vez de pillarse una Zodiac a motor y salir a toda caña tras la carabela, en pos de los dineros.

Claro que, como no podía acabar tan tristemente una película para Todos los Públicos, al final a la chacha transalpina de uno de los chavales, le da por sisarle en los bolsillos, encontrando en su interior varias piedras preciosas que or pura suerte había guardado de souvenir del tesoro del barco, con lo que pueden sufragar las deudas causantes del deshaucio y revertir el intento de expulsión. Justo en el momento, por supuesto, en que el padre de Mikey estaba firmando la transacción. Y es que el Hollywood infantil-ochentero era así de sorprendente, en un segundo se pasaba de los llantos a la carcajada, en cabeza ninguna cabe que, por muy cabrón que fuese el pérfido agente inmobiliario, hubiese tenido la poca delicadeza de llevar encima la orden de deshaucio y tratar de ejecutarla ante la prensa, en el mismo momento álgido en que los chavales regresan a los brazos de sus preocupados padres. Pero ¿qué les voy a contar? los niños son idiotas y no le buscan cinco pies al gato, ellos mientras el bueno acabe comiendo perdices a la sidra, y puedan chillar al unísono “¡¡¡bieeeeeeeeeeeeen!!!” en una salva de aplausos, son felices, los angelitos.

Los Goonies flipan cuando pillan a Mikey de cháchara con un esqueleto; Escena eliminada del ataque del pulpo.

Y eso que, originalmente, la acción de la película se desbordaba aun más si cabe, con la presencia de diversas microaventuras fantásticas, posteriormente eliminadas del montaje final. No en vano, uno de los gazapos más curiosos del film tiene lugar hacia el final, cuando una tropelía de periodistas de Madrid Directo inquieren a unos victoriosos Goonies acerca de los sucesos que acaban de vivir, y Data espeta de improvisto: “lo que más miedo me dio fue lo del pulpo“, para sorpresa del espectador, achacándolo inconscientemente éste a una fantasmada post-traumática del entrañable niño chino. Pero el caso es que una escena protagonizada por “el pulpo” sí se rodó, y en ella un gigantesco octópodo estaba apunto de engullirse a la pobre Stef si no es por la valiente actitud de Data, quien introduce al monstruo una cassette en la boca, tronando a todo trapo los ritmos de un inapelable “Eight Arms To Hold You“. Finalmente, la sabia decisión de algún bendito con criterio eliminó semejante patochada del metraje definitivo, aunque olvidando recortar la mención a la misma a posteriori.

Para la galería de incunables de este mito cinematográfico imborrable de la década, sin duda destacar al desproporcionado parapersonaje Sloth, enorme y entrañable deficiente mental de rostro picassiano, hermanísimo de los Fratelli (los malos), ex-jugador de football de los Raiders al que se supone adopta el Gordi hacia el final del flim (habría que ver la reacción de su madre ante la “genial” idea del Piraña de Oregón). No menos para el recuerdo, los gritos del histriónico gordito cuando, al ser encerrado en un armario junto a un cadáver fresquito, se pasa media peli gritando “¡¡un fiambre, un fiambreeee!!“, sin duda grabado a fuego en las retinas de los tiernos infantes de entonces. Todo ello, en añadidura, ambientado con una banda musical de fondo brutalmente ochentera, destacando entre otros intérpretes a las nenas de The Bangles o la autora del tema central “Goonies R’ Good Enough“, Cyndi Lauper.

Los Goonies a día de hoy
Tal como eran, tal como son

En fin, ¿qué más necesitan, para redimirse, aquellos pobres desgraciados sin infancia que hayan cometido la osadía de no haber visto nunca esta película? “Los Goonies” supone el legado de una época en que ir al cine era una fiesta, aprovechábamos los descansos publicitarios de la tele para mear a toda prisa, y jamás caeríamos en las lacras destructivas de pirateo que acabarán minando la magia contenida en las películas. Aprovéchense ahora en que nuestra ingenuidad y nuestro sentido de la ética roza límites deplorables, y sáquenle partido

Graciñas pola suá atención, e moi boas tardes.