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Me voy con Mami Cama

5 marzo 2009

Desde que fue instaurada en el hogar como parte impepinable de su idiosincrasia, la relación entre la tele y los niños de la casa ha guardado siempre un cierto halo de magia maravillosa, que se esfuma a partir de la pubertad, con la conciencia de la realidad y de las parrillas infectas de Telecinco. Por ello es normal que algunos recuerdos audiovisuales, a día de hoy cursis y anacrónicos, activen de inmediato los mecanismos de la morriña, provocándonos un torrente de sensaciones de regresión.
Por mera cronología, la memoria de los primeros años de nuestra infancia es la que más profundiza en nuestro subconsciente, nos remite a una era en que el mundo era un almacén de sorpresas, nuestros padres dioses, y la caja tonta una mágica concentración de duendecillos y dibujos animados, desfilando en la pantalla ante nuestras atónitas miradas.
A día de hoy, eso no ha cambiado mucho. ¿Alguno de ustedes tiene hijos? ¿primitos o sobrinos, como es mi caso? desechando absurdas reflexiones sobre degeneración de las infancias, encender una televisión delante de un chaval, es sinónimo de absorber sus cinco sentidos, de afinar los psicotrópicos acordes del Flautista de Hamelín, que les embelesan y cautivan con efectos de hipnosis. Los niños ante las pantallas no ríen ni lloran, simplemente quedan absortos, envueltos en una catalepsia silenciosa, a menudo una bendición para sus sufridos padres. El problema viene consiguientemente, claro está, cuando llega la hora de mandarles para cama, pulsar de sopetón el botón del OFF, y aguantar el chaparrón de lloriqueos, pataletas y berrinches sin poder siquiera solventarlos con una aleccionante bofetada, no vaya a ser que con los tiempos surrealistas que vivimos, acabemos denunciados por maltrato.

El sentido de “servicio público” de la Televisión de estado nunca fue ajeno a este común problema doméstico, múltiplemente repetido en la moderna sociedad cañí desde los tiempos más esplendorosos del franquismo. Y así lanzaron a la programación, en formato de spot parapublicitario, a la celebérrima Familia Telerín, hacia el año 1964, una simpática prole infantil de hermanitos digna de un matrimonio del Opus.


Creados por los pioneros Estudios Moro (publicistas precursores de aquel entrañable strip-tease zoofílico del anuncio de Avecrem), los Telerínez, a través de la engañosa apariencia de dibujos animados, traicionaban la ilusión de los niños al entonar de inesperado aquel dobleintencionado y famosísimo “Vamos a la cama”, marcando el punto exacto de la noche (hacia las 20:00 h. y a diario) en que se acababa el cachondeo padre y comenzaban los dos rombos. Y a pesar de su función aguafiestera, de implicar sin discusión la obligación de tirar pa la piltra y ser un arma efectiva para ese elemento represivo que a veces son los padres, los Telerín marcaron época, siendo a día de hoy de los personajes más añorados por aquellos que nacieron en los 60. E incluso más allá, merced a la popularidad perenne de su sintonía, y a ser resucitados varias veces hasta para promociones de El Corte Inglés. Incluso mi novia luce algunas noches un pijama Women’s Secret, estampado con los jetos de los malditos Cleo, Pelusín y compañía.

Tras una etapa mítica en antena, el spot fue desprogramado, pero no aquella útil idea de marcar sutilmente el fin de horario audiovisual infantil, costumbre que volvió intermitentemente a la parrilla de TVE (a veces importándolos del extranjero, como el “A la camita” del moñas del Topo Gigio), bajo renovaciones continuas de los personajes y del formato. De tal modo, sus legítimos herederos desde el año 72 fueron los hoy olvidados Televicentes, una pandilla de mequetrefes de estética kitsch, comandados por una especie de comerciante de feria, al que un loro tarado llamaba “Don Pepino”. A mi no me miren raro, que éstos son recuerdos de tipos mucho más viejunos que yo, no hablo de mis propias vivencias sino del fruto de una investigación.

Sí hablaré de mi gratificante experiencia personal y relato a pie de campo, cuando a continuación les remita, tras un largo lapso de tiempo en que la tele dejó de emitir estos animados toques de queda, al entrañable Casimiro que recuperó esa noble y añeja tradición. Un amago de cruce entre cacahuete patizambo y velludo Barbapapa, Casimiro resultaba un personaje contradictorio, que vivía en una mansión tenebrosa digna de los relatos de Edgar Allan Poe, pero calzaba bambas All Star y cantaba a ritmo de rock.

No en vano, su archifamosa canción, que incitaba a los niños a lavarse los dientes como hadas y duendes, fue versionada por ‘la vos melodiosa’ de Julián Hernández de los mismísimos Siniestro Total, en su álbum ‘De hoy no pasa‘, de 1987, en uno de sus himnos más surrealistas.
Y eso que la calabaza ésta con patas ni tan siquiera era un personaje español, sino argentino. Aunque no vestía de albiceleste ni era su cometido comerle la oreja a nuestras ingenuas compatriotas con sus pasteleos baratos, detalles sutiles en su dicción como “estresha nocturna” o “me pongo el piyama”, dejaba entrever claramente su condición transoceánica de genuino hijo de Menem. O de Videla, porque a Casimiro le creó el histórico dibujante platense Jorge de los Ríos en 1981, enmarcado en un proyecto de serial infantil que no llegó a prosperar debido a la delicada situación del país, sumido en plena guerra naval contra los ingleses, por un quítame allá estas Malvinas. A pesar de ello, el exitazo total del fantasmal Casimiro (que propició pesadillas horribles a generaciones enteras de niños impresionados) traspasó fronteras, siendo programado durante años, puntualmente cada noche a las ocho, en nuestro propio país del canal Uno y Trino. De hecho, el doblaje estandarizado del bicho, que rehuye esos ‘chés’, ‘lindo’ o ‘rebuenos’ tan tópicos que se gastan por la nación Maradona -que recuerda aquella época en que la sudaquez de los doblajes de Disney apenas se discernía sino por expresiones muy puntuales –> “¿qué no quieren ver a su mamasita, Wendy?”- es una muestra a las claras de las pretensiones internacionales de Casimiro.

¡El viejo de Casimiro sí que está viejo!

¡El viejo de Casimiro sí que está viejo!


Para la posteridad, dos LP’s de canciones junto a su troupe (a saber: una araña patilarga asquerosa, una lámpara con cabeza de pájaro y un sapo-dragón narigudo), conseguibles a precio de oro a través de las plataformas virtuales de coleccionismo enfermizo.

Y así cabalgamos, tras la aniquilación del hijo bastardo del Capitán Cavernícola, en una travesía en el desierto, huérfanos de serenos televisivos hasta finales de década. Es en Diciembre de 1988 cuando, de la mano del realizador Hugo Stuven, TVE recupera de nuevo la tradición de mandar a dormir a los niños sacando de la chistera el célebre “Telén Telín Telón” de mi generación X (¿?), dibujos animados de fresco y muy grato recuerdo. Grato, porque a mi no me mandaba a la cama ni Dios, a no ser que salieran tetas y culos en la pantalla, y menos unos ingenuos personajillos que pretendían meternos en el catre a plena luz solar de las engañosas ocho y media nocturnas. Siempre me pregunté qué clase de niño aborregado y manipulable sería capaz de encamarse a esa hora en que aún ni se han acostao las gallinas, máxime en el ejemplo de mis preescolares sobrinos citados anteriormente, que de puro milagro no llegan, los cabroncetes, a la línea de la medianoche.

Telín y Telén son una pareja de gemelitos cabezudos (ella cuando se suelta el pelo es el vivo retrato del Primo Eso), que se encuentran viendo Barrio Sésamo cuando, a traición, una confabulación judeomasónica sincroniza al gato de la casa, O’Clock, y la pérfida tubocatódica Telón, a dispersar a los infantes a su cuarto, donde les espera una Mami Cama de reminiscencias complejoedípicas, que les juro por mi madre a mi me la ponía más en ristre que la escena de Amarcord. :-$ Vaya usted a saber por qué, el micho luce una esfera de reloj en vez de hocico, cuyo tiempo no corre sino vuela, ya que entre que la alarma emite su sonido y los niños yacen acostados, pasa una hora que no cuela a no ser que tire de la maquinaria de un CASIO de los chinos. El caso es que los niños quedan acostados de modo incestuoso entre los generosos pechos de Mami Cama, nos dicen “buenas noches”, y a dormir. Una despedida que al final fue más prolongada de lo que cabía esperar ya que, al año siguiente, fue retirado por decisión del nuevo equipo directivo del ente público televisivo, que sucedió a la malograda Pilar Miró tras el escándalo de sus facturas de Zara pagadas con la VISA-RTVE.

Finalmente, con la llegada de los años 90, la magia de la exclusividad de la audiencia por parte de La Primera y La 2 se evaporó, con la llegada de Telecinco, Antena 3, Canal Plus y demás telemorralla, y los remakes telerines se sucedieron, sí, pero con mucho menor alcance y emotividad. Sucesiva e incluso simultáneamente, fueron los espantosos plagios de la marionetas Henson, los Lunnis, el búho de Las Tres Mellizas, el pseudopedófilo Oso de La Casa Azul Disney o el photoshopeado Pocoyó quienes cargaron con la responsabilidad de representar el cierre de la programación infantil, en los últimos tiempos.
Claro que, a pesar de sus nobles intenciones o de los esquizofrénicos esfuerzos de Pablo Motos y séquito por entonar ese crispante “Vete a dormir” de los cojones, ya nada fue lo mismo, la entrañabilidad bajó a cotas mínimas, y sólo podemos ya aferrarnos a las hermosas memorias del pasado legendario. Un pasado pobre en medios y presupuestos, mas rico en ilusión alucinógena.

Bien cierto es que tendemos a idolatrar nuestros recuerdos más lejanos, fruto de aquella época en que apenas nada del mundo comprendíamos, y la ruindad de la sociedad de las masas no había carcomido aún nuestra ingenuidad ni nos había agriado el carácter. La televisión digital no atiende a respetos, y a día de hoy perplejos observamos cómo nuestros infantes meriendan su bocata con los freaks de El Diario de Patricia, o cenan absorbiendo escatologías de Está Pasando y podredumbres del estilo. El concepto del share defeca sobre la memoria de Casimiro, Televicentes y compañía, y a día de hoy dejar una tele encendida delante de un crío, tiene casi más peligro que regalarle una Play Station 2 y que el niño se dedique a atropellar narcotraficantes en su tiempo de ocio, a bordo del GTA San Andreas.
¿Con qué careto pretendemos impresionarles para que desenchufe la máquina a partir de las 9, si están acostumbrados a lidiar con negrazos armados con un AK-47?

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Reciban un cordial saludo, y muy buenas noches.

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Los Goonies: “Waaaaoh”

27 febrero 2009

Qué mejor inauguración de este compendio de recuerdos de una época de mitos, que dedicarla a la película mítica infantil de los 80 por excelencia. Que lo disfruten.

Cartel de la película Los Goonies

Ficha técnica:
Año de Producción: 1985
Director: Richard Donner
Protagonistas:

Mikey Walsh, el enano con brackets tímido y valiente: Sean Austin
Brand Walsh, el hermanísimo: Josh Brolin
Clark Deveraux, “Bocazas”: Corey Feldman
Richard Dwang, “Data”: Jonathan Ke Quan, el chinito de Indiana Jones
Lawrence Cohen, “Gordi”: Jeff Cohen
Andy Carmichael, la guapina: Kerri Green
Stef Steinbrenner, la amiga “murciélago”: Martha Plimpton
Lotney Fratelli, “Sloth”: John Matuszak, sin maquillaje no es mucho más guapo

Si hay un personaje del Séptimo Arte que de verdad merece todo ese caudal degenerado de dinero y celebridad con que suelen ser hipervalorados estos faranduleros progrettis de salón, éste es sin duda Steven Spielberg, el Rey Midas de Hólibuc, que convierte en oro todo lo que toca, con ese especial olfato para la comercialidad, sazonado con un savoir faire y unas dotes de genio capaz de conferir a cada uno de sus trabajos un acabado impecable. Lo hizo con encargos especiales de guiones inabarcables como la correcta Inteligencia Artificial auspiciada por Kubrick, con difíciles temáticas como la trama de Munich, o con meros road movies reconvertidos en clásicos de la talla de El Diablo Sobre Ruedas.

Los Goonies supone, en sí, un dechado de imaginería infantil asombroso, que a cualquier persona criada en los clásicos atractivos de los tradicionales cuentos de aventuras se le podía haber ocurrido: clanes de amigos en edad escolar que corren juntos intrépidas vivencias, personajes estrafalarios, locos inventos y barcos del Pirata Garrapata con fabulosos tesoros enterrados como telón de fondo. Un popurrí de Robert Louis Stevenson, Little Rascals, Enid Blyton o el Profesores Bacterio, no excesivamente original en el género de aventuras noveladas, pero sí a la hora de traspasarlos a una pantalla. Una presentación entrañable, un puñado de simpáticos personajes menores de edad y unos malos tan pérfidos como gratificantemente feos, contra los que la chavalería de las butacas pueda berrear sus sentidos “buuuuuuuhs” de desaprobación y lanzarles palomitas, riendo sádicamente en la satisfacción de contemplar cómo acaban recibiendo aleccionantes mandobles uno tras de otro.
Spielberg creó el guión de esta historia de la nada y actuó como productor, cediéndole la silla de dirección al irregular Richard Donner de Arma Letal o Lady Halcón, pero desde el salami del gordinflón hasta el parche de las calaveras de los piratas, todo huele al perfume embriagador de este jodío judío.


El grandioso barco de Willy, el “Inferno“, se construyó a escala real con todo lujo de detalles y se vendió al mejor postor tras la filmación. No “postó” ni Dios, y acabó en Valdemín-Gómez.

Los Goonies son una pandilla de mocosos en edad escolar así autonominados, integrada por diversos miembros de distintos patrones estudiadamente seleccionados (como en toda película que se precie dirigida a un manipulable público juvenil) que viven en un pequeño pueblecito costero de Oregón, Astoria (patria queridaaa), junto a los denominados “muelles de Goon” (de ahí su apodo), a pie de la playa de Cannon Beach. Así, tenemos al pequeño líder Mikey Walsh, tímido, inteligente y audaz -un Sean Austin que acabaría interpretando a uno de los coleguitas elfos de Frodo en El Señor de los Anillos, una vez superados los granos y el onanismo compulsivo de la adolescencia. Le acompañan Bocazas, el graciosillo del grupo, el omnipresente actor infantil por antonomasia Corey Feldman (Gremlins, Cuenta Conmigo); el chino de diez años Data (¿sería por el término informático, o un hiriente ‘Rata’ cachondeándose de su acentuado “dedeo” de inmigrante?), fanático de los inventos del Todo a Cien, que con un par de palillos y un rollo de cinta aislante ríte tú del McGyver; y como no podía ser menos, el obeso de la pandilla, el Piraña, el metegambas entrañable que se hace de querer en su histrionismo hipertiroidal, de evidente pseudónimo “Gordi“.
A su vez secundados, por meras razones de kangureo e indispensables anexos romanticoides, por el hermano de Mikey, el musculoso Brand (nombre de pila completo, Brandon Walsh, ¿no les trae como 90.210 reminiscencias?), y el par de zorrupias de atrezzo: la una pelirrojilla con carita de ángel, Andy -a la que el cachas se quiere beneficiar-, la otra rubiafea de pelo chicazón, Stef -otro clásico, la gregaria asexual de escaso atractivo como complemento a la maciza, como pasaba con Desi de Verano Azul, que hoy día apostaría media nómina a que acabó acomplejadita y más puta que las gallinas.

El caso es que tanto a los hermanos Walsh como al chinaco, y como en efecto dominó le acabará ocurriendo al resto del barrio, pretenden expropiarlos para reconvertir su urbanización en un lujoso Campo de Golf, con sus caddies y sus hoyos, y su Club Social donde la gente viste bermudas blancas a juego con el jersey sobre los hombros, y bebe sorbitos de té con el meñique estirado.
Como los Goonies son más bastos que los eructos de Luis Aragonés, pasan del golf y son más de petanca, pelota vasca o el escondite inglés, por lo que se resignan a pasar sus últimas horas juntos, llorándose las penas de que sus padres no tengan perras, jugando al tute cabrón en casa del amigo Mikey, mientras degustan tristemente una Mirinda. Pero héte aquí que al inquieto amigo de los brackets le da por revolver en el desván de su viejo, que curra en el museo y lo tiene de mierda hasta arriba, y ¡tachán! como por mágica coincidencia aparece, escondido tras un cuadro, un amago de plano del tesoro presuntamente redactado por el mismísimo pirata Willy el Tuerto, describiendo lugares no muy lejanos a su aldea. Motivados con los pertinentes “waaaaoh” de admiración (se pasan media peli flipándolo en colores boquiabiertos), de ahí a maniatar al aguafiestas del hermano Brand a su barra de ejercicios Abdominator, y salir escopetados en sus Orbeas camino del parné, e involucrando en su aventura al resto del reparto, es todo uno.


Goonies merchandising

Y a partir de aquí, amigos, es cuando el talento de Spielberg se derrama a hectólitros por doquier: grutas subterráneas, pasadizos ocultos, familias italianas de mafiosos liderados por una horrible abuela, una gymkana correctiva de imaginación ilimitada perpetrada por el cabroncete puñetero del pirata Willy… hasta llegar sanos y salvos a las entrañas del barco, escondido en una cueva, repleto de oro, incienso y mirra hasta los topes. Que por cierto, acaba finalmente navegando a la deriva con total impunidad, mar adentro, mientras todos se lamentan entre cálidas sonrisas por no poder hacerse con un mal par de aquellos doblones con la cara de Juan Carlos de Borbón ¡los muy anormales! en vez de pillarse una Zodiac a motor y salir a toda caña tras la carabela, en pos de los dineros.

Claro que, como no podía acabar tan tristemente una película para Todos los Públicos, al final a la chacha transalpina de uno de los chavales, le da por sisarle en los bolsillos, encontrando en su interior varias piedras preciosas que or pura suerte había guardado de souvenir del tesoro del barco, con lo que pueden sufragar las deudas causantes del deshaucio y revertir el intento de expulsión. Justo en el momento, por supuesto, en que el padre de Mikey estaba firmando la transacción. Y es que el Hollywood infantil-ochentero era así de sorprendente, en un segundo se pasaba de los llantos a la carcajada, en cabeza ninguna cabe que, por muy cabrón que fuese el pérfido agente inmobiliario, hubiese tenido la poca delicadeza de llevar encima la orden de deshaucio y tratar de ejecutarla ante la prensa, en el mismo momento álgido en que los chavales regresan a los brazos de sus preocupados padres. Pero ¿qué les voy a contar? los niños son idiotas y no le buscan cinco pies al gato, ellos mientras el bueno acabe comiendo perdices a la sidra, y puedan chillar al unísono “¡¡¡bieeeeeeeeeeeeen!!!” en una salva de aplausos, son felices, los angelitos.

Los Goonies flipan cuando pillan a Mikey de cháchara con un esqueleto; Escena eliminada del ataque del pulpo.

Y eso que, originalmente, la acción de la película se desbordaba aun más si cabe, con la presencia de diversas microaventuras fantásticas, posteriormente eliminadas del montaje final. No en vano, uno de los gazapos más curiosos del film tiene lugar hacia el final, cuando una tropelía de periodistas de Madrid Directo inquieren a unos victoriosos Goonies acerca de los sucesos que acaban de vivir, y Data espeta de improvisto: “lo que más miedo me dio fue lo del pulpo“, para sorpresa del espectador, achacándolo inconscientemente éste a una fantasmada post-traumática del entrañable niño chino. Pero el caso es que una escena protagonizada por “el pulpo” sí se rodó, y en ella un gigantesco octópodo estaba apunto de engullirse a la pobre Stef si no es por la valiente actitud de Data, quien introduce al monstruo una cassette en la boca, tronando a todo trapo los ritmos de un inapelable “Eight Arms To Hold You“. Finalmente, la sabia decisión de algún bendito con criterio eliminó semejante patochada del metraje definitivo, aunque olvidando recortar la mención a la misma a posteriori.

Para la galería de incunables de este mito cinematográfico imborrable de la década, sin duda destacar al desproporcionado parapersonaje Sloth, enorme y entrañable deficiente mental de rostro picassiano, hermanísimo de los Fratelli (los malos), ex-jugador de football de los Raiders al que se supone adopta el Gordi hacia el final del flim (habría que ver la reacción de su madre ante la “genial” idea del Piraña de Oregón). No menos para el recuerdo, los gritos del histriónico gordito cuando, al ser encerrado en un armario junto a un cadáver fresquito, se pasa media peli gritando “¡¡un fiambre, un fiambreeee!!“, sin duda grabado a fuego en las retinas de los tiernos infantes de entonces. Todo ello, en añadidura, ambientado con una banda musical de fondo brutalmente ochentera, destacando entre otros intérpretes a las nenas de The Bangles o la autora del tema central “Goonies R’ Good Enough“, Cyndi Lauper.

Los Goonies a día de hoy
Tal como eran, tal como son

En fin, ¿qué más necesitan, para redimirse, aquellos pobres desgraciados sin infancia que hayan cometido la osadía de no haber visto nunca esta película? “Los Goonies” supone el legado de una época en que ir al cine era una fiesta, aprovechábamos los descansos publicitarios de la tele para mear a toda prisa, y jamás caeríamos en las lacras destructivas de pirateo que acabarán minando la magia contenida en las películas. Aprovéchense ahora en que nuestra ingenuidad y nuestro sentido de la ética roza límites deplorables, y sáquenle partido

Graciñas pola suá atención, e moi boas tardes.

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Mitomanía de una Era absurda

24 febrero 2009

Click previo indispensable

Dudé durante unos instantes si titular este post de presentación del Blog, basado en tiempos añejos acordes con los personajes, bajo la manida frase inicial de los shows de la telepayasa familia Aragón, “¿¿Cómo están ustedes??“. Tras recapacitar unos breves segundos, rechacé fulminantemente la idea. En poco representaría la verdadera intención de este infame proyecto.

Dios Santo, ¡¡huyamos!! un nuevo rincón virtual de jubiletas prematuros, acaramelados nostálgicos con el cerebelo aparcado en los Mundos de Yupi, enalteciendo los tiempos de Don Pimpón y los Bucaneros, convencidos sin discusión de que en definitiva, todo tiempo pasado fue por siempre mejor. Si le produce urticaria todo el rollaco ochentero auspiciado por el terrible lobby mediático, que nos asfixia de subproductos de cultura retro (con suerte desigual, ya sea en anuncios de Coca-Cola, programas de Corbacho o fallidas teleseries), HUYA cuanto antes (cabrón), pues no encontrará otra cosa. En el extremo contrario, si lo que le produce orgasmos de añoranza es el sentimentalismo rememorativo, la nostalgia melindrada de las merendolas con Nocilla, la emotividad intrínseca de la canción de Casimiro, amigo, HUYA también, pues no será eso lo que aquí encuentre. ¡¡Hijosdeputa!! tampoco me dejen solo.

La Mano de Dios, Rosalía del Medio Talego y el Extraterrestre Homosensual

OCHENTALIA es ante todo un proyecto personal, una especia de válvula de escape de una mente complicada y retorcida, sarcástica pero detestable, de un energúmeno como el que suscribe dotado de una personalidad minuciosa y exhaustiva, altamente ilustrado en lídes que a nadie le interesan. Capaz de concentrar conocimientos tan inútiles como el origen hebreo del muñeco Espinete, desmontar mitos vetustos como la existencia de un auténtico yo-yo Russell de “Cinco Estrellas”, o incluso desperdiciar tiempos insanos localizando en YouTube las canciones originales plagiadas que, en su día, derivaron en algunos exitazos de los genuinos Hombres G. Todo ello, no gasten saliva tratando de ridiculizar lo evidente, vergonzoso y lamentable a partes iguales. Pero de algún modo –enfermizo- también, simpático y divertido. Puede incluso que, para algunos (o al menos es esta mi desperada esperanza), hasta entretenido.

OCHENTALIA va a ser un análisis personal por fascículos, en clave de humor, de diversos episodios de una era de mitos, un pasado aún cercano de una casta ajena a franquismos, transiciones y Carlitosalcántaras de los huevos, hedonistas horteras preocupados tan sólo por disfrutar, innovar y estar siempre al loro (Tierno Galván dixit), y algunos de ellos, también colocaos (sorprendentemente, también sic).

El Laberinto de Congost, las cerdadas de neón del Night Club de Porky y el multinacional SEAT Ronda.
Un homenaje a los genuinos padrinos de la Libertad con mayúsculas que inauguró la Generación Guay, felizmente formada a años-luz del analfabetismo marginal de la LOGSE. Bajo una dimensión no sólo infantil, sino también en recuerdo al Milán de Van Basten, Gorbachov y la Perestroika, los pezones cónicos de Sabrina y hasta los míticos Juegos de Barcelona, que quizás supusieron el punto de inflexión no sólo en mi madurez (al coincidir con la edad del acné -y de las pajas-) sino tal vez en la inocencia mitómana pop en este país, al tomar modernamente conciencia de sus propios valores. Por ello, y a modo de último aviso, advertir que OCHENTALIA luce un nombre en verdad inapropiado: un bledo me importa el Golpe de Estado del 81 en el que aún no levantaba tres palmos del suelo, del mismo modo que no concebiré mi deplorable legado sin revisar la Catapulta Infernal de los paletodentudos gemelos Derrick en “Campeones”, fechados allá por principios de los años 90.

Con todo, las presentaciones sociales cubiertas en aras de diplomacia, las disculpas no presentadas en virtud de mi pésima educación, y las cartas (Heraclio Fournier de la ACB ’85*) puestas sobre la mesa, no me queda otra ya que dar rienda suelta a mi archivo y autoimponerme un muy apropiado y nostálgico “no te enrolles, Charles Boyer” y dejarme de hostias.

*Baraja de la Liga de Baloncesto 84-85
CORBALÁN, la carta gafe por excelencia: viejo ¡y encima
bajito, el mamón! jugada impepinablemente perdida.

Que Dios les bendiga a todos ustedes.

Sean cordialmente bienvenidos, y muy buenas noches.